Para mí que l@s intelectuales se deben de para donde quieran.
1) Prefiero un intelectual con compromiso político y social que uno sin compromiso político y social (esto no tiene que verse reflejado en alguna militancia partidista sino en el afán de hacer un mundo mejor aunque sea a través de las ideas).
2) Prefiero un intelectual que tiene un compromiso político con la tolerancia y el respeto a la diferencia.
3) Prefiero a un intelectual que escoge competir en la pluralidad democrática con los mejor medios intelectuales que con medios polítcos.
4) Creo que la estrategia de Poniatowska es la estrategia de la resistencia conservadora. El mundo cambia en todos sentidos. El mercado y la democracia rompen cotos de poder y espacios de élite normalmente reservados para unos cuantos. ¿Que mejor manera de resistir a los cambios que en la "radicalidad" política. Ojalá y sus métodos de supervivencia intelectual en un mundo cambiante fueran más intelectuales y menos políticos. Es decir, ojalá y Poniatowska siguiera saliendo en las primeras planas de los periódicos por que publica libros que todo mundo quiere leer. Ojalá y escribiera cosas que con alta calidad y creatividad le compitiera a la masificación de mala calidad. Ojalá y no tuviera que competir por el espacio en la noticia política (y medio amarillista) y se ganara el espacio mental de las personas escribiendo grandes cosas.
Coincido contigo en los tres primeros puntos Andrés. Me gustaría aportar a la discusión de la pregunta que haces tratando de encontrar una explicación, desde luego muy personal, de por qué están con López Obrador personajes como Elena Poniatowska.
Recuerdo hace unos años cuando López Obrador compitió por la presidencia del PRD, siendo sus adversarios Heberto Castillo y Amalia García. En ese tiempo me gustaba para la presidencia del partido cualquiera de los dos que te mencioné, no López Obrador. ¿Por qué no me agradaba él? Pues para responder y a fuerza de ser sincero; no me parecía tener la capacidad “intelectual” para el compromiso. Sin embargo, el resultado fue muy favorable para Obrador. Figuras tan interesantes de ese momento como Amalia y el histórico de Heberto Castillo no dieron el ancho ante el tabasqueño. Recuerdo vagamente los comentarios en la prensa, y había un punto en común: Ganó la personalidad de Andrés Manuel. No puedo comentar más al respecto pero sí estoy seguro de sintetizar que así vieron el triunfo de Obrador algunos analistas del momento.
Sé que es arriesgado lo que voy a decir pero me parece que hay gente que está casada con la imagen de López Obrador y no encuentra la manera de divorciarse. Están, algunos, confundiendo peligrosamente la figura del líder con la de caudillo.
Lo interesante aquí es remarcar algo que ya es más que evidente; López Obrador tiene muchas características de caudillo. Es decir, pongo la discusión no en el terreno de las posiciones políticas –que todas son respetables-, sino a nivel de trato directo y en el espacio de lo privado que hace posible que una personalidad deslumbre –enamore, permíteme utilizar el término- a los simpatizantes.
Déjame poner un ejemplo –sé que no comulgas mucho con este tipo de anécdotas pero puede venir al caso-. Tuve la fortuna de conocer y trabajar con Luis Mandoki en televisión –para los programas de partidos políticos en la Comisión de Radiodifusión-. La imagen que yo tengo de Luis es la de un tipo trabajador, buen ser humano, comprometido, creativo. Al paso del tiempo su calidad como director de cine a nivel internacional es un reflejo del Luis que aún mantengo en mis recuerdos. Cuando apareció su trabajo en documental ¿Quién es el Sr. López? me pareció interesante la idea y lo conseguí en video. Debo reconocer que el trabajo sí tiene un sesgo que insiste reiteradamente en fortalecer la personalidad del Sr. López. En algunas entrevistas Luis Mandoki dice que no es así. Es su punto de vista, pero observando el documental es difícil no ver la influencia que ejerció López Obrador sobre el realizador. Entiendo que Mandoki como director tiene pleno derecho a ser subjetivo, al igual que Elena Poniatowska y otros, pero, al menos desde mi punto de vista, pienso que tienen responsabilidad en lo que dicen, escriben, realizan o hacen algunos intelectuales cuando de política se trata. López Obrador está perfectamente consciente de ello y lo sabe usar. No sé si otros se dan cuenta de que están siendo usados.
LA HABANA MARTES 3 OCTUBRE 06
¿Por qué sí a la izquierda socialdemócrata?
En junio de 2003 se publicaron unos papeles titulados: ¿Por qué no a la izquierda socialdemócrata?
La intención en aquel momento era dar nuestra versión frente al creciente y sincero asombro de numerosos socialdemócratas europeos –el asombro de la derecha habría sido por razones inversas– ante el hecho de que ningún miembro de lo que denominamos Lista Progresista Cubana fue alcanzado por la ola represiva de la llamada Primavera Negra de 2003.
Aquella versión, tan válida como cualquier otra, pero fundada en la observación y conocimiento del terreno, se basaba en dos consideraciones obvias, resumidas así, y citamos: “Las autoridades se empeñaron en justificar su represión, al más alto costo político, en términos de seguridad nacional… Según esta justificación,… los 75 activistas pro derechos humanos y periodistas independientes presos estaban conspirando con poderes extranjeros –estadounidenses en este caso– para desestabilizar y derrocar al gobierno. ¿Es cierto esto? Según la evidencia pública, no. Lo que pone al descubierto las profundas motivaciones de este blitzkreig (guerra relámpago) político”.
Ella continuaba: “En esta vuelta, en este rodeo aparente por los Estados Unidos, el gobierno cubano perdió, definitivamente, la ruta que lleva al grosero derribo de las puertas de la izquierda socialdemócrata. Opuesta al embargo, crítica permanente de la concepción política norteamericana hacia Cuba y otras partes del mundo, y alejada de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en nuestro país –y de sus incursiones diplomáticas poco ortodoxas– la alternativa socialdemócrata habría sido reprimida y James Cason, jefe (en aquel entonces) de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos, no sería mundialmente famoso.”
La segunda consideración se explicaba de este modo: “La izquierda socialdemócrata ha optado tradicional e invariablemente por el diálogo político como principio, concepto y estrategia de la transición democrática. Esto nos ha mantenido más dentro de la realidad que dentro de la virtualidad del cambio político en Cuba… el diálogo es la antesala del cambio institucional. Sin diálogo entre las partes no se dan el reconocimiento y clima de confianza necesarios para elegir entre alternativas. Cuba no es una democracia; pretendemos que lo sea. Y a una democracia no se llega a través de súbitas elecciones libres. Las elecciones libres se producen en países que han dado, o tienen ya afianzados, otros pasos preliminares: uno fundamental, por ejemplo: que los adversarios no se traten como enemigos irreconciliables”. Una propuesta que seguimos creyendo inapelable por los sistemas represivos.
Pero, nos preguntábamos en otra parte del texto: “…, y después de esta oleada represiva,… ¿Cuál será el próximo pretexto que utilizará un régimen de pretextos como el cubano para enjuiciar y encarcelar al resto de la oposición, incluida la izquierda socialdemócrata? Porque como siempre nos recuerda el director del Centro de Estudios del Socialismo Democrático en Cuba, (Dimas C. Castellanos, ahora también Coordinador del proyecto Nuevo País), la naturaleza totalitaria del régimen no ofrece garantía alguna para impedir el salto continuo desde la seguridad nacional como pretexto externo hacia la seguridad frente a la opinión ajena como excusa doméstica”.
Y concluían así aquellos papeles: “La tensión actual –que ha supuesto la prisión injusta y severa para 75 pacíficos luchadores pro democracia y la desarticulación, esperamos que provisional, de muchas alternativas en Cuba– se puede entender también por la letal combinación entre la arrogancia totalitaria del nacionalismo en el poder y la arrogancia geopolítica del gobierno norteamericano. La izquierda socialdemócrata ha escapado, por ahora, a las consecuencias más destructivas de esta tensión. Pero no a la represión misma. La arrogancia totalitaria sigue tratando de convencernos, con prácticas conocidas, de que estamos equivocados”.
En octubre de 2006, tres años después, ha llegado el momento de cerrar esa ronda de convencimiento, mediante prácticas terroristas, conocidas y detestables, en torno a toda la oposición, incluyendo ahora también a la izquierda socialdemócrata.
Según el principio económico de preferencia revelada, que explica los motivos del consumidor a partir de sus acciones, llegó la hora para las autoridades de decir a los cubanos y al mundo, a través de sus actos, que no les interesa para nada su compromiso formal con los principios que animan el Consejo de Derechos Humanos del que forman parte: simplemente van a repudiar, golpear, detener, enjuiciar y condenar severamente a la comunidad pro democracia en Cuba, por querer la democracia y el respeto de los derechos humanos para su país: todo lo que precisamente el Consejo de Derechos Humanos deberá promover en todos los países del mundo.
La sólida barrera que debe distinguir entre acciones políticas racionales e irracionales se rompe a favor de las segundas: ahora las autoridades cubanas dicen alto, claro y sin máscaras: hemos condenado a un hombre a 28 años de privación de libertad por exigir cambios democráticos, y vamos a llegar hasta el límite de la vida misma, no importa quién sea, si lo creemos necesario. De tal modo, la exclusión y discriminación de un grupo de seres humanos, no por lo que hacen contra la civilización sino por lo que hacen en su favor y como parte legítima de ella, se entroniza como conducta de un Estado “humanitario”.
Perdida la batalla ideológica con los Estados Unidos, –por el simple hecho de que estos han sabido explotar con todo su poder la carencia fundamental del régimen cubano: tratar con respeto la específica dignidad de cada ser humano, y esto a pesar de que la presidencia imperial de Bush ha perdido la batalla geopolítica y carece de legitimidad como juez en materia de derechos humanos– las autoridades de la Isla pierden además la batalla ideológica en la izquierda, al ser incapaces de sostener un debate abierto y sereno, desde los valores que deben identificar a los progresistas, y al convertir a humildes militantes del Partido Comunista en Guardianes de la Puerta: hombres y mujeres que deben impedir a toda costa, apostados ante nuestras casas en un desafío a la paz y la tolerancia, la circulación libre de las ideas que se supone defienden. Semejante instrumentalización policial de una organización ideológica es la señal más clara de la ausencia de ideas y del exceso de hormonas… mal empleadas.
¿Por qué ahora, a diferencia de tres años atrás, sí se reprime con fuerza a la izquierda socialdemócrata?
Hay dos razones claras: la primera es que se agotan el tiempo y el repertorio de pretextos que un Estado racional “puede” emplear, disueltos ya los vestigios de la Guerra Fría, para negar el ejercicio de las libertades a sus ciudadanos. La comunidad internacional está cada vez más sensibilizada, –con independencia del signo ideológico, religioso, político o cultural de sus actores– con el derecho de los ciudadanos, y menos con el derecho de los Estados. No hay nación, sea del primer, segundo o tercer mundos, que no vaya respondiendo positivamente –con sus propios tiempos y ritmos, en un camino escabroso– a los fuertes reclamos de diversidad, pluralidad y autorreconocimiento de sus ciudadanos.
El gobierno cubano, por el contrario, invierte cada vez más estas sensibilidades y cierra el camino a las reformas, a los reformistas, a la posibilidad abierta, comprobada y constructiva de interlocución para la que hemos estado y estamos dispuestos –con todo el riesgo que entraña–, y a la discusión urgente de un proyecto de nación que demandan una parte significativa de la élite ilustrada del país y los ciudadanos, votando con sus pies. En este progrom de intenciones definitivas contra la diversidad, la izquierda democrática es víctima, junto al pluralismo público de la sociedad, de ese exceso “hormonal” de Estado.
La segunda razón es que, una vez culminados los coyunturales ensayos reformistas, el gobierno no tiene cómo enfrentar en el espacio público a una izquierda socialdemócrata y a una corriente progresista que se articula en torno a ella, y que son portadoras de un programa dotado de propuestas atractivas, con un sentido estratégico de país, defensoras reales de la independencia y soberanía de Cuba, abiertas a la interracialidad profunda de nuestra cultura y que cuentan cada vez más con visibilidad y apoyos internos y externos. Las autoridades parecen no saber lo que quieren, más allá de retener indefinidamente el poder; tampoco tienen un proyecto serio de país. Sí saben lo que no quieren: unos demócratas y una izquierda democrática que, sin la perfección que pretenden –y jamás logran– los Estados totalitarios, se consolida en la sociedad y en el imaginario político de la Isla.
Pero fuera de todo ropaje, el gobierno cubano no asimila bien que la izquierda socialdemócrata esté logrando enterrar dos equívocos poco saludables para los cubanos, que han sido inculcados desde el poder a lo largo de décadas: que la democratización de Cuba debe pasar por Washington y que la defensa coherente de nuestra soberanía y dignidad nacionales se conserva intacta solo en el Palacio de la Revolución.
Desde el año 2004, cuando se fundó la revista digital Consenso y en represalia le fueron arrebatados los libros –luego devueltos– al Portavoz del Arco Progresista, pasando por los actos de repudio que sufrimos, las amenazas a líderes de la Lista Progresista Cubana, el sabotaje y la obstrucción de encuentros regulares y reuniones, hasta la muy reciente amenaza a activistas y líderes de esta concertación comprometidos con la Acción Urgente Contra La Violencia, –a través de la cual estamos obteniendo firmas de ciudadanos sensibilizados contra este flagelo global–, el mensaje del gobierno cubano al mundo, lo cual incluye a la izquierda, cualquiera sea su matiz, es el siguiente:
Somos la representación social y política de una verdad absoluta, no admitiremos, por tanto, a los demócratas y a una izquierda democrática dentro de la Isla, ni aceptaremos el diálogo razonable que esta propone con el supuesto objetivo de encontrar salidas honorables y convenientes para todos, dentro de la independencia y soberanía de Cuba. Nuestro propósito es claro: destruirles y desacreditarles hasta lograr su total erradicación. La izquierda, que “triunfó” en 1959, solo puede ser, y es, comunista. El reloj empieza a correr, definitivamente.
Pero la izquierda democrática cubana también tiene un mensaje al mundo y a la izquierda en todos sus matices:
Somos ciudadanos cubanos y ciudadanos del mundo, creemos en la libertad, la democracia, la solidaridad, la equidad, la fraternidad y los derechos humanos. Firmes en estas creencias, hacemos y haremos uso del derecho, –consustancial a todo ciudadano responsable y a toda izquierda auténtica– de imaginar un mejor futuro para nosotros y nuestros hijos; pero necesitamos su solidaridad urgente. La solución final propuesta por el gobierno de Cuba puede cumplirse definitivamente.
3 de Octubre de 2006
Manuel Cuesta Morúa
Portavoz