Esta es mi columna de hoy en El Universal.
Estoy un poco nervioso entrevistando a Ángel; desde que lo saludo trato de ver si trae un arma en el cinturón.
Camino atrás de él, y veo cómo a la altura de la cintura su saco pierde
la caída recta y un esquina en la tela revela la pistola.
Lleva 9 años siendo policía investigador (antes policía judicial). En la
conversación empieza serio —supongo que ha aprendido a desconfiar de
los periodistas— pero tras unos minutos logro hacer que se relaje. Lo
que más me sorprende es cómo habla de forma casual sobre su labor.
El prejuicio generalizado, y con el que llegué a la entrevista, es que a
los policías judiciales, el trabajo policial les da un poco lo mismo.
Ángel me da otra impresión.
Los últimos dos años ha estado más en oficina que en calle, pero de vez
en cuando el jefe le llama para que vaya a un operativo, en el que tiene
que conseguir información de manera encubierta. “Me piden hacer eso
porque, como dice mi mamá, no tengo cara de maldito”, me explica.