Cuando en 1996 un grupo de entonces jóvenes intelectuales comenzamos a
reflexionar sobre la necesidad de impulsar un proyecto socialdemócrata,
estábamos pensando en una izquierda que se hiciera cargo de las
difíciles concreciones de la realidad por transformar, que actuara en
la política nacional con una agenda radical, pero con estrategias
pragmáticas, que buscara acuerdos, pero tuviera un programa en torno a
la cual negociar y que, sobre todo, hiciera política sobre la base de
la deliberación democrática de personas autónomas, ciudadanos libres
que coincidieran en torno a un proyecto común por voluntad propia.
…
Pero que un charlatán se presente como presidente del Partido
Socialdemócrata simplemente causa grima. El tonto de marras, desde la
frivolidad absoluta, se ha dedicado a convertir una agenda que no
entiende y que sólo ha hecho suya cuando ha visto que le reditúa en una
caricatura. La última es de vergüenza ajena.
Anteayer el señor Díaz Cuervo salió a decir que era partidario de la
legalización de la marihuana y después de la cocaína, para que con eso
la gente tuviera para entretenerse. No cabe mayor estupidez. Es
evidente que no entiende en absoluto lo que significa un planteamiento
serio de reforma a la política de drogas.
Frente a la vulgarización, la frivolidad y la simulación, he dejado de
considerarme socialdemócrata. Creo que es tiempo de volver a empezar y
sumar esfuerzos para recuperar la política secuestrada por los
negociantes.
La transición mexicana a la democracia ha fracasado y es tiempo de un
nuevo impulso democratizador que venga desde la ciudadanía que no se
siente representada por estos farsantes.