Racismo y Xenofobia

Ricardo Raphael de la Madrid 

14 de octubre de 2005 

 Racismo y xenofobia

 LAS más bajas pulsiones racistas y xenófobas vibran en la inconciencia de todas las sociedades. A través de ellas se incita al desprecio por el otro, a la discriminación, al odio y a la violencia. México no es la excepción: la intolerancia está presente en muchas de nuestras expresiones públicas y privadas. 

Sin embargo, a diferencia de otros países que sí se han dotado de instrumentos culturales e institucionales para combatir estos deplorables instintos, en México hemos preferido negar sistemáticamente esta parte de nuestra naturaleza. Somos talentosos para invisibilizar los actos de discriminación que cada día ocurren en muchos de los rincones de nuestra sociedad.
Podemos ver esos actos, podemos escucharlos e incluso experimentarlos pero siempre tenderemos a preferir la negación a la aceptación de sus consecuencias. Valga como ejemplo reciente de esta pusilánime actitud lo ocurrido en los muros y las banquetas del edificio que alberga a la Dirección General del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Por más de 15 días ahí se exhibieron una serie de pintas antisemitas a propósito de la renuncia de Santiago Levy a la cabeza de esa institución.

 El señor Bulmaro Guerrero Cárdenas aceptó explícitamente ser el autor de las esvásticas que arañaron los muros de esa construcción pública (La Jornada del 9 de octubre); esvásticas que a su vez se entrelazaban con frases como: "Levy cerdo judío" y "Sí sacamos al judío". Cabe decir que el señor Guerrero no es un provocador infiltrado en las filas del sindicato del IMSS, tal como nos ha querido vender el doctor Roberto Vega Galina, líder de esa agrupación de trabajadores. El autor confeso del repudiable uso del símbolo del nazismo es nada más ni nada menos que el líder de la sección quinta del sindicato en el estado de México. 

De no ser por la valentía y sobre todo por la terquedad de un puñado de sinceros opositores a la discriminación, este oprobioso asunto habría pasado desapercibido. Gracias a que Andrés Lajous Loaeza y Jesús Robles Maloof convencieron a los medios de comunicación de la importancia del hecho y también gracias a que presentaron una denuncia penal contra quien resulte responsable, es que estas pintas antisemitas fueron borradas de los muros de la catedral mexicana de la salud y la jubilación. 

Tengo para mí que lo más relevante de éste, como de muchos otros episodios, no es la xenofobia o el racismo que les dan origen, sino la incapacidad de la sociedad y del Estado para reaccionar contundentemente en contra de ellos. Lamentablemente los mexicanos contamos con reflejos muy débiles y diluidos para combatir la intolerancia y la discriminación. 

Habrá quizá todavía quien piense que tanto la desdentada Ley para Prevenir la Discriminación como la instalación hace dos años del Consejo para Prevenir la Discriminación (Conapred) representan el comienzo de la constitución de tales reflejos. Por lo pronto, así lo creímos al principio muchos de los que participamos en la Comisión Ciudadana, cuyo objetivo fue concebir tanto a ese ordenamiento legal como a la institución referida. Sin embargo, a más de dos años de aquel valioso y muy nutrido esfuerzo los resultados obtenidos hasta hoy son decepcionantes. 

Baste acudir a la página electrónica del Conapred para descubrir que las pocas notas periodísticas que ahí se coleccionan están relacionadas más con la autopromoción de los funcionarios de ese consejo, que con la denuncia de actos discriminatorios. Sorprende, en este sentido, que en esa página no aparezca un solo comunicado oficial en relación con el "caso Levy". 

Y fuera de ese sitio oficial tampoco hay mucho que encontrar si se quiere conocer, al respecto, la posición del Conapred. En algún lugar perdido aparece una declaración de Gilberto Rincón Gallardo, presidente de esa institución, advirtiendo que no cuenta con pruebas fehacientes de que integrantes del sindicato del Seguro Social hayan realizado tales actos antisemitas.

 En otro espacio, también de menor importancia, una simpática declaración en el sentido de que, para enfrentar el hecho, el Conapred presentaría una queja ante el propio Conapred. 

Si algo se puede decir de esta institución es que durante su corta vida ha jugado un papel tan invisible como en nuestro país lo juega la discriminación. El Conapred está siendo cómplice de la invisibilidad de la discriminación. Según el artículo cuarto de la ley en la materia, este órgano tiene como tarea proteger a todos los ciudadanos y ciudadanas de ser excluidos o discriminados. Es decir que se trata, en términos clásicos, de un "defensor del pueblo" para los temas de discriminación. Un ombudsman del derecho a la diferencia. Y, sin embargo, el Conapred ha renunciado a esta misión. En su lugar, se ha convertido, por una parte, en un oscuro árbitro incapaz de solucionar jurídicamente los actos discriminatorios y, por la otra, en un promotor de la firma pública de diplomáticos y bien intencionados acuerdos con diversos órdenes de gobierno. 

Alguno de los integrantes de ese organismo ha querido defenderse argumentando que el consejo cuenta con muy poco presupuesto para desplegar otras actividades más deseables. Sin embargo, después de revisar sus datos financieros es posible concluir que muy poco se puede hacer contra la discriminación si la mayor parte del presupuesto asignado a esa instancia se dedica al gasto corriente, es decir, a soberbios salarios y prestaciones. Ni en materia de investigación el Conapred ha aportado algo relevante. Su colaboración en la primera Encuesta Nacional de Discriminación fue muy parca. Aunque después este consejo supo sacarle alguna raja política, en la realidad fue la Secretaría de Desarrollo Social quien realizó este trabajo. 

Mientras tanto, la defensa de los discriminados de carne y hueso ha quedado relegada. Si alguna vez se esperó que desde ese consejo se actuara con todo vigor y toda resolución, tal como en su momento lo hicieron Luis de la Barreda o Jorge Carpizo a propósito de los derechos humanos, ahora no es posible resignarse a la timidez, el recato y la grisura que han caracterizado a los primeros años de vida del Conapred.

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Publicado en: Cosas buenas