Efectivamente, pocas cosas tan dañinas para una sociedad que la destrucción de la política. Al fin y al cabo es gracias a la política que se pueden construir acuerdos. Andrés.
11 de
septiembre de 2005
Política y ética
UN amigo mío gusta de exclamar: "¡Ah, esos griegos!, lo
inventaron todo". Al escuchar a mis alumnos discutir algunas páginas de
Aristóteles, se me ocurrió que nuestros políticos, y nosotros también
deberíamos leer, aquellas palabras recogidas hace cerca de 2 mil 400 años.
Deploramos que la democracia mexicana, en transición hacia
atrás, se haya vuelto la más costosa del mundo, con unos resultados escasos,
una eficacia casi nula, un Ejecutivo débil, un Legislativo irresponsable porque
en su mayoría no está preparado para sus deberes. Además de caras, las campañas
(y precampañas) son tristemente vacías y los misterios de sus "cajas
negras" nos han vuelto escépticos.
Tiene toda la razón Alberto Aziz cuando nos dice que
"la percepción negativa de la ciudadanía frente a los partidos políticos y
los candidatos constituye una onda expansiva. La apuesta a la democracia
electoral representó para el país costos políticos y económicos importantes que
ahora han producido malestar".
Ahí están todos en el descrédito: gobierno, partidos, Poder
Legislativo, Poder Judicial; mejor ni mencionemos a la policía, a las policías.
En el naufragio general, dos instituciones se salvan, en la opinión de los
ciudadanos, el Ejército y la Iglesia. ¡Cuidado con el descontento, con la desmoralización
de la nación! La democracia pervertida, mala, aquella que los griegos llamaban
"cacocracia", abona el terreno para los déspotas y los tiranos,
individuales y colectivos.
Cuando el pueblo (demos) pierde la confianza y desespera, se
puede volver reaccionario, suele escuchar el canto de las sirenas rojas o
negras y termina vendiendo la soberanía popular por un plato de lentejas. Si
tiene buenas razones para pensar que "los políticos" son una bola de
traidores, bribones y sinvergüenzas, que nada quieren saber de principios,
valores y servicio; si puede creer que la política es "la polaca", la
carrera de la jauría para el hueso, la conquista del poder por el poder, a
cualquier precio; si no hay diferencia entre los partidos, como lo demuestran
esos hombres que cambian de afiliación como un negociante cambia de franquicia;
si los partidos no son más que instrumentos para escalar posiciones y servirse
con la cuchara grande; si la técnica de ventas, el marketing, triunfa sobre la
voluntad de servir, entonces urge que Televisa y TV Azteca, para hacerse
perdonar muchas cosas, pongan sus poderosísimos medios a la disposición de
Aristóteles.
Para este sabelotodo la ciencia política es "la ciencia
soberana y más que todas arquitectónica" que nos enseña lo que debe
hacerse y lo que debe evitarse, "al punto de ser por excelencia el bien
humano (…) Es cosa amable hacer el bien a una persona; pero más bella y más
divina es hacerlo al pueblo y las ciudades". Así empieza el libro primero
de la ética que se intitula Del bien humano en general. A todos los políticos
hay que mandarles el mensaje de que la política es el arte de hacerle el bien
al pueblo entero.
Tan es cierto que para Aristóteles la política persigue lo
bueno y lo justo y que por eso puede ser "el más excelso de todos los
bienes en el orden de la acción humana". Según él, el resultado final de
la política es la felicidad, puesto que "es lo mismo vivir bien y obrar
bien que ser feliz". ¡Cuánto deseamos tener políticos felices, colmados de
felicidad por vivir bien y obrar bien al servicio de la nación! Con toda
lucidez acepta que la mayoría de los hombres muestran tener "alma de
esclavos al elegir una vida de bestias, justificándose en parte por el ejemplo
de los que están en el poder, muchos de los cuales conforman sus gustos a los
de Sardanápalo". Ahí están los sueldos, sobresueldos y bonos de nuestros
representantes, de cuántos "servidores" del Estado y de la nación.
"Los espíritus selectos, en cambio, y los hombres de acción identifican la
felicidad con el honor: este es, puede decirse, el fin de la vida
política".
Necesitamos de esos espíritus selectos, de esos hombres de
acción, necesitamos muchos de ellos y cuanto antes para convencer al demos
irritado, desconfiado y vuelto cínico, de que el fin de la política puede ser
el servicio del bien común y el honor del político. Ahora bien, dice el
filósofo, si el fin de la política es el bien supremo, "la política pone
su mayor cuidado en hacer a los ciudadanos de tal condición que sean buenos y
obradores de buenas acciones". Y que de esa cantera de buenos ciudadanos
salgan buenos políticos. ¿Lo lograremos de aquí a julio de 2006? ¿O para la
próxima generación, si es que logramos de un golpe de varita mágica transformar
nuestras escuelas y nuestros medios masivos de comunicación en otros tantos
Aristóteles?
"El verdadero hombre de Estado, además, parece que ha
de ocuparse de la virtud más que de alguna otra cosa". Oigo a la distancia
las carcajadas en las oficinas y en las cantinas de nuestros políticos.
"¡Cuando oigo la palabra `virtud`, saco la pistola!", bien pudo haber
dicho un cacique famoso de San Luis Potosí, y toda la clase política de
burlarse: "Ese tal aristócrata predica como curita, hoy en día ni los
curas se atreven a hablar de virtud". Pues sí, mis buenos lectores, el
verdadero hombre de Estado ha de perseguir la virtud, "desde el momento
que quiere hacer de sus conciudadanos hombres de bien y obedientes a las
leyes", y por lo tanto "el político debe poseer algún saber de las
cosas del alma, como el oculista debe saber todo el cuerpo, y tanto más cuanto
que la política es más estimada y mejor que la medicina".
No vayan a pensar que este griego era un iluso, conocía
perfectamente "el vicio de los gobernantes que distribuyen los bienes de
la ciudad, sin atender el mérito, reservándose para ellos todos o la mayor
parte, y dan los empleos públicos siempre a la misma gente, haciendo sobre todo
aprecio de la riqueza". A miles de años de distancia nos dice nuestras
verdades, pero también nos enseña el camino para salir de tal situación.
Profesor investigador del CIDE.
jean.meyer@cide.edu
Voltear a la antiguedad clásica y conocer las opiniones que hombres excepcionales como Aristóteles tenían sobre materia tan importante como la política, es siempre muy aleccionador y nos da guía para conducirnos en el presente. Efectivamente, virtud y política van de la mano.