Después de los últimos posts que he escrito sobre la influenza y el artículo (y medio) en El Universal empecé a pensar que igual y estoy loco en ver la declaratoria de emergencia como una oportunidad. Por un momento pensé que tendría que terminar haciendo lo que hacen todos: mentar mandres, confirmar lo que ya creo, y seguir haciendo lo que siempre hago.
Carlos Bravo en una divertida y devastadora reseña a un libro que sólo hace lo que siempre hacen los que hacen, pone de moda citar a nuestros músicos nacionales. Aprovecho la moda, y cito a José José pues creo que "el amor vuelve a quién lo toma Gavilán o Paloma, pobre tonto ingenuo y charlatán que fui paloma por querer ser gavilán", y se las dedico quienes en afán de ser gavilanes contra la acción del gobierno han resultado ser palomas. Este es el caso, porque ahora resultará que en la madriza contra el gobierno federal y el gobierno de la Ciudad de México, parece que no vamos a ganar quienes vemos esto como una oportunidad para llamar la atención sobre las deficiencias de nuestro sistema de salud nacional, porque la oportunidad será de quien la toma, los empresarios que justificarán más presión para más excenciones de impuestos, para pagar menos cuotas de seguridad social, y cómo muchos (no todos) suele hacer demostrarnos en los medios el sufrimiento que les causa pagar impuestos. (digo ahora que se supone que podemos regresar a la calma de la "tasa natural" de muertos).
En fin, parte de lo que me hace pensar en mi propia locura que hoy me topo con este artículo de Manuel Bartlett, en el que con todas las dieferencias que pueda tener, en este caso estoy de acuerd con él:
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Independientemente de la negligencia en el sector salud, la causa
del desastre sanitario es la política neoliberal aplicada en la
República. Ha degradado el sistema de salud, nuestras grandes
instituciones creadas con grandes esfuerzos decaen; no se construyen
nuevos servicios frente a una población creciente. Privatizar es el
mandato, fomentar servicios privados, grandes negocios, los nuevos
hospitales son particulares, subsidiados con terrenos y apoyos varios;
subrogaciones que transfieren dinero público a privados; innumerables
contratos de prestación de servicios a los trabajadores de empresas
privadas con hospitales particulares, justificados por el abandono de
los servicios públicos.
Vimos el hacinamiento, las colas
interminables de la población trabajadora, la eterna espera en salas
comunes sin distinción de padecimientos, la evidencia de la pobreza, la
inaccesibilidad de la inmensa mayoría a los niveles de calidad de los
servicios privados. Escandalosa desigualdad. Sin dotación suficiente de
antivirales, el personal público, médicos y enfermeras, trabajó sin la
protección prometida, otro incumplimiento.
Pero pese a estas conicidencias no me atrevo a declarar mi propia locura porque Onésimo en un espectacualr artículo de hoy observa con el ojo de un científico que experimenta con ratas de laboratorio los bandos que se han formado en la discusión pública, y sin duda, creo que estoy en el mejor bando, en el de los inconformes, no en el de los incrédulos:
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He leído muchísimos comentarios sobre el manejo de la epidemia de
influenza. Hoy que la tormenta parece atemperar, emergen algunas voces
que cuestionan la actuación del Estado. Podemos agrupar a los críticos
en dos grandes campos, el de los incrédulos y el de los inconformes.
Si al subestimar a los primeros ignoramos a los segundos, perderemos la
oportunidad de discutir las verdaderas lecciones de esta crisis.
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En esa competencia de hipotéticos, las visiones catastrofistas se
combaten con visiones todavía más catastrofistas, y tiende a ganar
quien genera mayor alarma. En este caso las predicciones de pérdida de
empleos, aún en época de crisis económica, no pueden competir contra la
posibilidad de un número elevado de muertes. Ambos escenarios son
indeseables, pero si tenemos que escoger entre repetir a la depresión
de 1930 o la epidemia del 1918, la decisión está clara. El miedo se
convierte en aliado de la prudencia, y por eso las críticas de los
incrédulos pronto se desvanecen.
Los cuestionamientos de los
inconformes son mucho más robustos. No lanzan sus dardos contra el
Gobierno de Felipe Calderón, sino contra la oferta del Estado Mexicano;
no se preocupan por “el manejo” de la crisis, sino por lo que el
episodio sugiere sobre la debilidad de nuestro sistema de salud. En
esto los números no mienten. En Estados Unidos, con 642 casos de H1N1 confirmados, se han registrado solo dos muertes. Por el contrario en México,
con 1112 casos confirmados, el número de muertos asciende a 42. Es
decir, se mueren aproximadamente 10 mexicanos por cada norteamericano
afectado por el mismo virus.
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Para los incrédulos, el tema termina cuando se levante la contingencia
sanitaria. Para los inconformes, la batalla apenas comienza. ¿En que
campo estás tú?