La
izquierda deseable
En medio
del ruido mediático producido por victoria de Felipe Calderón en la elección
interna del PAN, las fiestas patrias, la toma de posesión de Enrique Peña como
gobernador del Estado de México y el fallo del Tribunal Electoral en contra de
Elba Esther Gordillo, pasó de largo y prácticamente inadvertido por los medios
de comunicación, el arranque de la precampaña presidencial de Patricia Mercado,
por el recién constituido partido político Alternativa Socialdemócrata.
La que muy probablemente será la única mujer en la contienda
del año próximo, representa la tercera generación en el intento de construir un
proyecto de izquierda diferente y moderno para México. Alternativa surge de la
fusión de los ex partidos Democracia Social, México Posible y Fuerza Ciudadana,
así como de una veintena de agrupaciones y organizaciones identificadas con los
principios de la socialdemocracia en el mundo. Desde el feminismo hasta
movimientos ciudadanos, pasando por universitarios, campesinos e intelectuales,
forman la base social con la que Alternativa se presentará a las elecciones.
Limitados por la legislación electoral que les impide ir en
alianza con otra fuerza política de las ya establecidas, víctimas indirectas de
los negocios familiares en que se convirtieron algunos partidos políticos de
los de nuevo registro, los miembros de Alternativa Socialdemócrata deberán
enfrentar solos el difícil trance de ganarse el apoyo de los votantes para
conservar su registro en julio de 2006.
Como sus antecesores, Alternativa Socialdemócrata salta a la
palestra con un estigma a cuestas: la necesidad de mostrarse como un partido de
las causas de los menos, pero interesado en ganarse el favor de los más.
Asumirse como un partido de las minorías pero dirigido a las clases medias,
pareciera una empresa complicada en un país dónde la dinámica política
mayoritaria concede a los grandes partidos ventajas y oportunidades para
prevalecer.
Ese será el principal reto de Alternativa, y de Patricia
Mercado en particular, para ganarse a los electores. Mostrarse no sólo como una
opción de izquierda preferible sino como un partido moderno. Que tire al bote
de la basura los moldes del dogmatismo, que se deshaga de sus resabios de
jacobinismo, que vaya más allá del discurso de género y de la diversidad
sexual, para colocarse como una verdadera alternativa política nacional.
Recuperar para la ciudadanía el tema medioambiental,
secuestrado desde hace tiempo, así como el resto de la agenda de la sociedad
civil y concentrarse en los temas de las clases medias como la educación, el
empleo y la seguridad, debe ser una prioridad para un partido que como
Alternativa, quiere ganarse un lugar entre los electores más allá del
marchanteo político.
Saltar del nicho minoritario al mayoritario, le exigirá a
Patricia Mercado contrastarse con el monopolio de las izquierdas de este país,
es decir, el PRD. Y en eso tiene toda la razón Marcos –el de las montañas del
sureste– es obligación moral de todo aquel que se asume de izquierda, limpiar su
nombre y deslindarse de los portafolios con billetes de René Bejarano y santo
patrón que lo protege.
Hay una oportunidad. Desde hace varios años, todos los
estudios de opinión que sobre confianza en instituciones políticas han sido
levantados en nuestro país, muestran que los mexicanos no se sienten a gusto
con los partidos políticos actuales. Ubicados en el sótano de las percepciones,
los partidos generan menos confianza que los policías y los banqueros que ya es
decir suficiente. A pesar de esos antecedentes, nuestra democracia ha sido
incapaz de renovar su cartel de partidos por otros de distinto rostro.
La renovación generacional e ideológica de las elites
políticas se ha venido dando a cuentagotas y no ha corrido a la par del cambio
de régimen político. Son muchos los espacios de la vida pública donde
sobreviven prácticas antediluvianas, donde la gerontocracia manda o donde
sencillamente, los actores centrales tienen mucho de antiguo régimen y poco de
presente y futuro.
Frente a esa perspectiva, el ciudadano está obligado a
voltear hacia otras opciones, a cuestionarse con seriedad el tipo de partidos
políticos que quiere, pero especialmente, a preguntarse si desea seguir viendo
en la escena nacional a los mismos personajes de siempre.
La
renovación de una clase política, salvo raras excepciones, nunca va a tener
lugar a iniciativa de los propios políticos. Los de aquí, como los de todo el
mundo, son una estirpe con vocación de perpetuidad. Es responsabilidad de los
ciudadanos, por la salud de una democracia, hacerse cargo de la tarea de
remover a los dirigentes y de oxigenar con ello la vida pública.
*Profesor de Ciencia Política en las universidades Iberoamericana y Anahuac cecasillasmx@yahoo.com |
Carlos Enrique Casillas* |