Intuiciones e Intereses (con la gráfica con chipote)

Este es mi artículo de hoy en El Universal.

Densitychange

Hoy, las ciudades densas suelen ser consideradas virtuosas por distintas razones. Su “huella de carbón” es más baja, ofrecen más servicios y actividades públicas, y tienen economías más dinámicas. El tema es complicado, y aunque parece fácil de atender, suelen ser un conjunto de factores estructurales y políticos los que determinan la forma que poco a poco adquiere una ciudad.

El Lincoln Land Institute (LLI) hace unos meses publicó un estudio histórico sobre la densidad de ciudades alrededor del mundo. Por densidad, que no es un parámetro fácil de definir, quieren decir el número de personas que viven por hectárea en el espacio construido. Por ejemplo según esta definición la ciudad de México (ZMVM) no está ni en el extremo de una ciudad densamente poblada como Cairo con 231 personas por hectárea, ni en el otro extremo de una ciudad como Houston que apenas tiene 22 personas por hectárea. Nos mantenemos (año 2000) más o menos en un punto medio de 162 personas por hectárea.

Del estudio se desprende una conclusión particularmente interesante: entre 1800 y 1900 casi todas las grandes ciudades del mundo sufrieron un proceso de densificación, que a partir de finales del siglo XIX revirtió rápidamente su tendencia hasta una generalizada expansión urbana. La explicación de este cambio en básicamente todas las ciudades analizadas se encuentra en los grandes cambios en la tecnología de transporte.

Por ejemplo en la ciudad de México en 1910 la densidad urbana era de 674 habitantes por hectárea. Es cosa de ver fotos y mapas del primer tercio del siglo XX. El área construida de la ciudad era pequeña. En las crónicas de la época lo común eran personas que cruzaban a pie de un lado a otro la ciudad. No existía el trayecto, que ahora es cotidiano, de la periferia al centro, entre hogar y trabajo. Las personas vivían tan lejos de sus trabajos como estuvieran dispuestos a caminar cada mañana y tarde, mientras vivían en lugares tan grandes como sus salarios lo permitieran. El privilegio de los recorridos de grandes distancias eran para quienes se podían dar de comer a sí mismos, y a sus caballos. Las cosas empezaron a cambiar con la construcción de sistemas colectivos de transporte, en particular los tranvías eléctricos que hicieron asequible para cada vez más personas, vivir en Tlalpan, Azcapotzalco y Mixcoac, pero trabajar en el centro. Con ese cambio, en tiempo y costo, empezó a formarse la ciudad que hoy conocemos y que no deja de expandirse.

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Publicado en: Cosas no tan buenas