Interlomas, desgraciada desde el nombre

Gatointer
Este texto fue encontrado en los "Diarios de junio" que escribió Alberto Kalach para Letras Libres. La foto la tomé en una reciente visita a Interlomas.

Expedición urbana a Interlomas. Desgraciada desde el nombre, Interlomas se conecta al resto de la ciudad por un par de arterias colapsadas por el tráfico. Esta extraña y remota urbanización al poniente de la ciudad de México alberga a miles de personas que viven, comercian y trabajan de manera diferente al ciudadano común. Un mundo en sí mismo, con sus propios problemas y sus propias fantasías. Se accede siempre desde lo alto pues el desarrollo ocupa la cota más baja de una cañada, donde confluyen dos arroyos que ahora, desde luego, están entubados y contaminados. Antes de descender a la urbanización, se logran ver enormes anuncios que despuntan sobre las construcciones; el más alto de todos, que nos da la bienvenida, es el internacional icono de McDonald’s; muchos otros lo secundan.

Conformada por múltiples conjuntos amurallados, de casas, de torres de departamentos, de centros comerciales o de agencias de autos de todas las marcas, Interlomas se articula por extensas planchas de estacionamientos y vialidades, muchas de ellas sin banquetas peatonales. Un desastre urbano, producto de la insensata y voraz especulación inmobiliaria; informe, deforme, sin centro, sin parques ni plazas, donde el único espacio público es el arroyo para autos, casi siempre paralizados por el intenso tráfico.

Orientarse en esta parte de la ciudad es difícil, la arquitectura es estrambótica y anodina, las calles y avenidas no tienen nombre; sin embargo, existen postes que sostienen racimos de letreros con nombres de comercios y flechas en todas direcciones. La cantidad de letreros es abrumadora, y se suman a otros de mayor dimensión en las fachadas de los edificios, más otros gigantes, “espectaculares”, por encima de todo. Este conjunto desquiciante describe, más que a una sociedad múltiple y diversa, el egoísmo y la ceguera colectivos.

Lo único que vincula este amasijo urbano son las insuficientes calles llenas de baches y topes, muchas cerradas a la libre circulación (son privadas), bordeadas por líneas amarillas en absolutamente todas sus guarniciones. Aquí y allá, intentos aislados de vegetación mutilada, arte topiario, algunas glorietas con esculturas impensables, una de ellas, la más intrigante, es la de un enorme gato de bronce de cinco o seis metros de largo; al menos el gato sirve para orientarme de regreso.

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Publicado en: Cosas nada buenas

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