Gilberto Rincón, sobre Bachelet

Que buenos que se va redefiniendo la izquierda sin culpa alguna. La izquierda no es sólo de Castro, Chávez y Morales. Habemos muchos más.

La izquierda de Bachelet

Gilberto Rincón Gallardo

Chile no sólo ha logrado regresar del todo de una dictadura feroz y sanguinaria, lo que en sí mismo es un logro indiscutible; también su clase política democrática ha podido construir una democracia de calidad en poco tiempo y ha dado un aliento a la izquierda democrática y moderna que tan sofocada se halla en el resto del continente.

"¿Quién hubiera pensado hace veinte o hace diez o cinco años que Chile elegiría como presidenta a una mujer?", preguntó la propia Michelle Bachelet, la candidata triunfante de la Concertación, tras su claro triunfo en las elecciones presidenciales del pasado domingo. Tiene razón. Una mujer ocupando la Presidencia sigue siendo una cosa rara en América Latina, sobre todo si lo ha logrado por sus méritos y no por alguna herencia familiar.

El triunfo democrático de una mujer como Bachelet, quien además es socialista, ex presa política, divorciada, madre trabajadora y agnóstica es algo que puede sorprender sólo a quienes no hayan estado atentos al proceso chileno de los últimos años, que ha combinado progreso económico con un trabajoso pero efectivo retorno de la justicia, lo que ha orientado en un creciente sentido progresista su cultura política.

Bachelet misma, frente a sus conciudadanos, se ha definido como "… una chilena … como millones de ustedes. Trabajo, llevo mi casa y dejo a mi hija en el colegio. Pero además soy una chilena con una vocación de lucha y de servicio público". Estos rasgos personales no corresponden al estereotipo de las mujeres en nuestro continente e incluso en buena parte de su propio país, pero sí a la realidad de ellas. Su propia personalidad contribuye a desmitificar la idea de que las mujeres han de ser sólo acompañantes de los liderazgos masculinos y que su perfil ideológico ha de ser más bien conservador. Pero si, además, esta política brillante logra el triunfo sobre la derecha al frente de una coalición, la famosa Concertación entre socialistas, democristianos y radicales socialdemócratas, que logró una transición democrática admirable en esa sufrida nación, podemos agregar otro motivo a esta celebración.

Algunos analistas han interpretado este triunfo como una etapa más en el viraje de América Latina hacia la izquierda. Eso es cierto sólo en alguna medida. A la Presidencia chilena llega una militante socialista, ex ministra con el presidente Ricardo Lagos, él también socialista, y con una biografía política progresista e incluso heroica. Sin embargo, no es la suya una izquierda demagógica, enemiga de las libertades o ajena a los procesos de modernización económica. La suya es la socialdemocracia más madura de nuestra región y poco tiene que ver con gobiernos de corte populista y procubanos como el de Venezuela o ahora el de Bolivia.

Llama la atención que ella, habiendo experimentado la muerte de su padre, un general victimado por la dictadura que permaneció leal al depuesto presidente Allende, y habiendo ella misma y su madre sido objeto de detención arbitraria y tortura, hable de reconciliación, de mirar hacia el futuro y de abrir un espacio para la justicia y no para la venganza. Algo de esto deberían aprender quienes utilizan los abusos e injusticias de los regímenes autoritarios para justificar sus odios y abusos propios cuando llegan al poder.

Eso muestra algo que es obvio, pero que a veces no es visto: no existe un modelo único para la izquierda en América Latina y son posibles rutas hacia la justicia social y la igualdad que no pasan por la instalación de líderes riesgosos para las libertades ciudadanas; esas libertades que tanto esfuerzo, sufrimiento y sangre han costado en países como los nuestros.

Buena parte del mérito del triunfo de Bachelet está en el gobierno de Ricardo Lagos. Él ha hecho todo lo que un gobernante puede y debe hacer por su causa política y por sus correligionarios: gobernar con autoridad, con buen tino, con prudencia y con gran responsabilidad social. Bachelet viene a prolongar la década y media de gobiernos de la Concertación, que poco a poco han logrado poner en pie de nuevo a la democracia chilena, aprendiendo a no repetir los errores del pasado (que dieron pretexto para el golpe de Estado de Pinochet) y avanzando, por la vía parlamentaria y judicial, en la aplicación de una justicia que parecía un sueño hasta hace poco tiempo.

Ahora, en Chile, el dictador Augusto Pinochet y algunos de sus secuaces están procesados por sus crímenes; se avanza en legislación que busca la equidad y la cohesión sociales; se mantiene el ritmo pujante de una economía abierta y se lucha de manera estratégica contra la desigualdad y la discriminación. Una gran lección y un gran orgullo para quienes consideramos a esta izquierda como nuestra.

Que el de Bachelet será un gobierno de izquierda lo muestra con claridad su primera prioridad: la reducción de la desigualdad y la pobreza. El despegue económico de Chile, pese a su espectacularidad, se ha dado sobre la base de una sociedad desigual y ha mantenido un esquema social inequitativo. Ahora se trata de reducir más la brecha entre ricos y pobres, sin afectar el ritmo económico de la nación. Ese es el desafío formidable, entre muchos otros, que tendrá esta mujer excepcional. Buena suerte.

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Publicado en: General