Estoy en la exposición de Shepard Fairey en el ICA en Boston. Hace
un par de semanas cuando la inauguró lo arrestaron por grafitear la
ciudad. El grafietro famoso era Banksy hasta que Fairey ganó
popularidad con el poster de campaña de Obama (por lo menos ahora dicen
que los dos son unos vendidos).
No puedo tomar fotos de la exposición, me gustaría hacerlo.
Fuera de lo que había visto en internet, y sí, la estampas de Andrè
de Giant hasta la Cd. de México, conocía poco su arte. Algo tiene que
lo hace original y sorprendente, pero al mismo tiempo predescible y
obvio. De cierta manera es un producto evidente e inevitable de las
épocas. Sus referencias son Warhol y la propaganda comunista, pero
revisado por alguién que creció después de que perdieron su sentido
original.
Si Warhol quería banalizar, Fairey quiere buscar otra vez peso.
Busca protesta, disidencia, esperanza. La busca en lugares equívocos,
no por ignorante sino porque ya no hay argumentos legítimos y
auténticos de protesta. Mezcla la burla al autoritarismo con su
glorofocación, mientras busca figuras políticamente legítimas. Mezcla a
Mao, Stalin, y Lenin con Luther King, Malcolm X, y el Subcomandante
Marcos. Mezcla Mohammed Alí con Joe Strummer, los Black Eyed Peas y Led
Zepellin. Busca figuras que quiere ver en positivo y reconoce que la
imágen de Fidel algo decía que ahora se dice poco.
En estra contradicción entre el anhelo esperanzador, la protesta y
la banalidad aparece la figura de Barack Obama. Fairey quería creer en
algo y lo encontró. Imitando a Warhol logra ser lo contrario. Este
resultado parece tener más que ver con su experiencia que con la
primera intención abstracta que expresa en su Manifesto explícitamente
heideggeriano. Las mejores piezas sin duda son las que hizo contra la
guerra de Irak y la de Obama, las que tenían significado en el contexto
que se hicieron y que el autor pretendía alterar. Lo cual contrasta con
las primeras que o invocan lo banal, o siguen buscando ese tan perdido principio esperanza.