Era domingo de resurrección. El sol pegaba sin hacer sombra a la mitad de día.
Yo subía acompañado, y él subía sólo. Él traía una resortera en la mano y yo traía un bastón. Yo traía un sombrero de paja y él una gorra de los yankees. Él traía una camisa de Bon Jovi, y yo una de mezclilla. Yo subía sudando y jadeando, mientras el subía sin cansarse. Él pensaba en la misericorida de El Señor, yo pensaba en la ligereza del aire. Yo pensaba en las calorías que mi cuerpo quemaba, él pensaba en su amor por jesucristo. Él daba cada paso queriendo sufrir, yo lo daba para dejar de sufrir. Yo me quería demostrar que mi condición física no es tan mala como parace, él quería demostrar lo que está dispuesto a aguantar. En la punta del cerro yo me recargué en la cruz para ver las montañas, él se recargó en las piedras para ver la cruz. Él quería acercarse al cielo, yo quería sentirme en esta tierra.
A esto es a lo que le dicen la condición postmoderna. A los mundos fragmentados uno frente al otro. O bueno así dicen que le dicen, y es probable que no sea nada nuevo, sino que tenemos más espacios para escribir lo que nos pasa por la cabeza mientras vivimos lo que vivimos.