Del anulismo a la creatividad pública

Eeehhh este es un artículo que me publicaron hoy en El País.

Del anulismo a la creatividad pública

Andrés Lajous

En las elecciones intermedias en México el 5 de julio, a nivel
nacional, la cifra de votos nulos fue de alrededor del 6% de la
votación total (diversos cálculos establecen el "voto nulo voluntario"
entre 2 y 4% de la votación), y en varios estados de la República llegó
a superar el 7%, por arriba de algunos partidos políticos. En
particular llama la atención que en la capital del país el voto nulo
fue de alrededor del 11% de la votación total.

Hoy
sabemos, gracias a la encuesta de salida hecha por la empresa
Parametría, que el votante anulista pertenece a la clase media, tiene
mediano o alto nivel educativo, y sobre todo se opone a los gobiernos,
tanto los locales como el nacional. Lo más sobresaliente en términos
políticos es que los anulistas son personas que desaprueban a los
gobiernos en turno, pero que no están convencidos de que los partidos
de oposición puedan ser eso: oposición. Es decir, pareciera que el
llamado de atención del voto nulo no solo es para quienes tienen las
mayorías en los órganos de Gobierno, sino para quienes desde las
minorías no han logrado construir una alternativa creíble al
statu quo.

En
cambio, aunque no sabemos cómo estaba compuesto el electorado
anti-anulista (que no es lo mismo que quienes votaron por un partido)
hay ciertos patrones en sus argumentos que nos permiten ver sus
preocupaciones, a todas luces conservadoras.

El economista Albert
O. Hirschman decía que hay tres lógicas argumentativas que
históricamente usan los reaccionarios en contra de quienes argumentan
la necesidad de importantes cambios políticos y sociales. Esas son:
perversidad, futilidad, y riesgo. La primera condena el cambio, con el
argumento de que sus promotores lograrán lo opuesto a sus objetivos. En
el caso del voto nulo se decía que los anulistas en vez de debilitar la
rigidez del sistema de partidos, la fortalecería. La segunda, condena
el cambio por considerarlo inútil. Este solía ser el alegato más
frustrante, pues predice que no importa lo que hagan las y los
ciudadanos, el sistema político no va a cambiar. La tercera advierte de
que si los objetivos de quienes piden los cambios se logran, entonces
perderán otras conquistas ganadas. El argumento más estridente en
contra del anulismo decía que dañaría las instituciones democráticas, y
que pondría en juego las libertades básicas que tantos años (y muertos)
han costado. De manera coloquial la advertencia reaccionaria se podría
expresar así: ni le muevan al sistema político porque: a) les va a
salir el tiro por la culata, b) van a perder el tiempo, y c) van a
perder lo ganado.

Estos críticos conservadores lo que no lograron
ver es que la discusión política es el primer paso para generar algo
que la democracia mexicana siempre ha envidiado a otros países: la
formación de capital social. A partir de lo que hoy se conoce en México
como el movimiento anulista, se formó la Asamblea Nacional Ciudadana
(ANCA), conformada por alrededor de 70 organizaciones con muy diversos
intereses y orígenes. En una primera sesión, la ANCA acordó promover la
discusión legislativa en por lo menos tres grandes asuntos vinculados a
la participación política: 1) la implementación de mecanismos de
democracia directa, 2) la reducción del financiamiento a los partidos
políticos y el incremento de mecanismos de rendición de cuentas, y 3)
la apertura a la participación electoral con candidaturas
independientes. El capital social es eso, ciudadanos que establecen
relaciones a partir de sus intereses y anhelos compartidos, y que en
este caso, se ponen a pensar en las formas de refundación de la
democracia mexicana.

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