“Me gritaba que no lo abandonara. Lo dijo cientos de veces. Me hizo
prometerlo. Me pedía que lo apagara. Le pedí que se tirara al suelo y
con mi chamarra intenté sofocar las llamas. Su cuerpo estaba
completamente quemado, sangrado. Ya no traía la parte de atrás de su
traje, solo la de enfrente. Su pelo estaba quemado. Sus piernas, sus
brazos, sus manos, todo estaba sangrando. Consumido. Tomé su celular.
(A pesar de su gravedad, Rodrigo iba indicándome qué hacer, y a quién
llamar).
Llamé a su madre para decirle que su hijo estaba conmigo, que había
sufrido un accidente, que estaba muy grave. Su madre no me creía. Tuve
que llamarla más de siete veces. Ella pensó que se trataba de una
extorsión telefónica o de un secuestro”, recuerda Moisés.
En seguida, Moisés decidió acercarse a una ambulancia para pedir que subieran a Rodrigo.
— ¿Es usted su familiar? —le preguntó un paramédico—. Si no lo es, no podrá subir a la ambulancia.
—Sí lo soy —respondió Moisés.
No lo era. No era su familiar. Nunca antes lo había visto.
Pero a su decir, mintió para poder acompañar a Rodrigo hasta el hospital.
Le había prometido no abandonarlo. En la ambulancia ayudó a
desprender la ropa pegada a su cuerpo; por indicaciones del paramédico
comenzó a hacer preguntas con tal de que Rodrigo no desfalleciera. Una
pregunta tras otra. Era importante que permaneciera lúcido. Le preguntó
por su color favorito. Rodrigo respondió que era el azul. Le preguntó
qué era lo que más le gustaba hacer. Rodrigo respondió que trabajar. …
y así hasta llegar a la sala de urgencias. Esa fue la última vez que lo
vio.
A mí también me conmovió, pero cuando leía cada línea me pasaba por la mente ¿qué hubiera pasado conmigo en la situación de Moisés?