El tipo de cosas que no me dejan dormir, es recordar una conversación -hace no mucho- en la que alguien me dijo "lo que te pasa es que necesitas tener un adversario para pensar". El asunto no es menor, me preocupa, a ratos, si tengo algo de imaginación esta suele estar dominada sobre cómo refutar más que otra cosa. Es decir, pienso más mientras discuto, que cuando no discuto (supongo que eso explica mi fanitud con tuiter).
En fin, el asunto me preocupaba, hasta que topé con esta párrafo de Ralph Waldo Emerson (Ok, no me encanta el uso de la "virilidad" en el texto, pero, fuera de eso, es una joya):
La amistad requiere de ese raro promedio entre el gusto y el disgusto, que irrita a cada uno con la presencia del poder y consentimiento del otro. Déjenme estar sólo hasta el fin del mundo, antes que mi amigo se pase con una palabra o mirada, de su simpatía real por mí. Me agravia por igual el antagonismo que la sumisión. Que no deje un instante de ser él mismo. La única alegría que tengo, en que sea mío, es que, que no sea mío, es mío. Odio, cuando he buscado apoyo viril, o por lo menos resistencia viril, y me encuentro con una masa de concesiones. Mejor ser un fastidio a lado de tu amigo que su eco. La condición que demanda la alta amistad es la habilidad de librarla sin ella. Ese alto oficio requiere de cosas grandiosas y sublimes. Deben de haber unos muy dos, antes de que haya un muy uno. Dejen que sea una alianza entre dos grandes, formidables naturalezas, mutuamente contempladas, antes de que reconozcan la profunda identidad que debajo de estas disparidades las une.
Un día después de escribir este post, me acuerdo que eso de los "muy dos" y "muy uno" medio que lo había pensado hace unos años sobre la relación de pareja.