Tengo la impresión de que esta campaña electoral ha resultado más virulenta que otras. No estoy seguro de dónde viene esta impresión. Tal vez es la consistente impopularidad del gobierno actual y de varios gobiernos estatales. Tal vez es simplemente el nivel de escándalo que generan actos de corrupción gigantescos, o que más gente está más tiempo conectada a internet intercambiando información, opiniones y posiciones. Tal vez es que AMLO (que empezó la campaña arriba en las encuestas y ahí se mantiene) tiene adversarios más ruidosos y con más espacios para hacer ruido.

Para muchos esta virulencia electoral es por definición una cosa negativa o al menos indeseable frente al tipo de competencia electoral que imaginan. Para estos muchos, haríamos bien si de alguna forma pudiéramos desterrar tanta virulencia de golpe. Para otros la virulencia es estructural, reflejo de las profundas desigualdades e injusticias del país. Sin embargo, creo que lo que parece mayor virulencia (o si la hay) es resultado de algo menos duradero y más superficial: la condición de competencia política en sí misma.

Durante las campañas electorales, las y los candidatos compiten apelando de distintas formas a los electores para incrementar los votos que pueden sacar el día de la elección. Algunos electores son susceptibles a argumentos con mucha información, otros son susceptibles a la transmisión de ciertas emociones, otros más sólo responden a sus propios prejuicios, y algunos responden a la identificación con un grupo. La mayoría probablemente somos susceptibles a una combinación de estas cosas. Sin embargo, ahorita lo que más me llama la atención es el desarrollo de la idea de pertenencia de grupo que surge en las campañas.

En las campañas electorales no sólo se hacen propuestas, y se contesta a debates como si se tratara de una discusión abstracta en un plano donde no participa nadie más que los candidatos. En las campañas las propuestas y debates también apelan y forman cierta solidaridad entre quienes apoyan ciertas propuestas y/o ciertos candidatos. De esta forma las campañas no compiten solo “en el plano de las ideas” o de “la movilización” como si se tratara de ganado, sino que compiten por garantizar la solidaridad entre al menos una parte de sus probables votantes. Por solidaridad entre votantes quiero decir que una parte de los votantes no necesitan conocerse, no necesitan saber nada del uno o del otro, como para aún así percibir que si una crítica es al candidato o a uno de sus votantes o a una de sus propuestas, entonces la crítica es también al resto de sus votantes. A su vez, la expresión de la solidaridad entre grupos de votantes es una forma en que los candidatos muestran a sus adversarios que tienen mayor capacidad para movilizar a más votantes y por tanto ganar la elección. De esta manera las campañas electorales se convierten no sólo en una competencia directa por quién puede conseguir más votantes, sino una competencia por quién puede mostrar mayor solidaridad entre sus votantes.

Esta descripción de la competencia electoral me parece que le da sentido a la idea de que se compite con campañas, y que por tanto no sólo hay campañas sino que también hay contingentes. Los contingentes de votantes son aquellos que viven la campaña como una competencia en donde tienen que mantener la solidaridad del contingente entre ellos y con el candidato y/o con sus propuestas, y al mismo tiempo mostrar la debilidad de los contingentes que apoyan a los otros candidatos. Un candidato cuyo contingente de votantes deja de ser solidario con el candidato o con los otros votantes del mismo candidato o con sus propuestas da la impresión de ser un candidato más débil que un candidato que pese a las adversidades mantiene la solidaridad de su contingente.

Todo esto suena abstracto, pero pensando en la campaña electoral actual, me parece que tanto los candidatos como sus contingentes lo saben (o al menos lo intuyen). Esta competencia por las muestras de solidaridad es lo que explica que Meade anunciara con bombo y platillo que Javier Lozano renunciaba al PAN para irse a la campaña del PRI (y ahora que Silvano Aureoles desde el PRD lo apoyaría). O que Anaya sumara al frente a Emilio Álvarez Icaza (y al PRD) a la campaña panista. O que AMLO anunciara la incorporación de Gaby Cuevas y Germán Martínez (y al PES) a su campaña. Ninguna de estas personas por sí solas traen votos debajo del brazo, pero lo que todas traen es la noticia de que el contingente de alguno de sus adversarios pierde algo, y que el contingente propio gana algo. Es decir, todos los candidatos quieren maximizar la impresión de que el campo adversario “se desangra” mientras el propio se nutre, y esto en parte se comunica con estos saltos inesperados.

Las negociaciones que producen estos saltos inesperados las llevan a cabo integrantes de los contingentes electorales que tienen entre sus objetivos no sólo hacer acuerdos, sino hacer acuerdos que rompan la solidaridad de los adversarios. No quiero llevar una analogía militar muy lejos (al fin y al cabo por algo se llaman campañas), pero pido que el lector se imagine la forma en que la caballería se usaba en las antiguas campañas militares. Por un lado la infantería avanza uniforme, compacta, mientras el otro lado ataca usando la caballería (que suele ser menor en número a la infantería) no para acabar con toda la infantería de su adversario sino simplemente para romper la uniformidad del avance, la solidaridad de los soldados que tras la entrada de la caballería se echan a correr para el otro lado (como en la foto de arriba). Así, una batalla no se gana sólo con poder de fuego efectivo (como en la competencia electoral no es sólo las propuestas, debates, denuncias, etc.) sino también la capacidad del grupo para aguantar siendo grupo pese al embate del adversario.

Lejos de las negociaciones cupulares este mismo fenómeno lo veo en columnas de opinión, debates en televisión, feisbuq y tuiter. En todos estos espacios hay contingentes políticos que están compitiendo mostrando la solidaridad de su grupo, e intentando el debilitamiento de la solidaridad del grupo adversario. Los debates y discusiones no son sólo para persuadir directamente a más votantes, sino para mostrar que los apoyadores más visibles pueden dejar de ser solidarios con su candidato o sus votantes. Uno de los métodos para hacer esto es la humillación y señalamiento público de esos apoyadores visibles. La mayoría los resumiría en estas declaraciones retóricas que se pueden hacer en contra de integrantes de cualquier contingente:  “¿Cómo puedes apoyar a candidato X que dice (hace, hizo) tal?” o  “¡Mira qué contradicciones las tuyas que sigues apoyando al candidato Z!”. Me cuesta trabajo pensar que este tipo de señalamientos o preguntas retóricas realmente pretendan cambiar el voto del interlocutor; lo que más bien buscan es que ese interlocutor, más allá de cómo vaya a votar, deje de mostrar solidaridad pública con el candidato al que apoya o con los votantes de ese candidato. Por el otro lado, los memes favorables, chistes amables y argumentos cargados al candidato propio sirven no para convencer directamente a votantes que hoy apoyan al candidato adversario, sino para darle herramientas a su propio contingente para defenderse ante las críticas y cuestionamientos de la caballería del campo contrario.

No es necesario escribirlo, pero los contingentes políticos que compiten hoy en nuestros medios de comunicación y redes digitales no se reducen únicamente a contingentes que apoyan candidatos. Me atrevo a decir que básicamente todo mundo que expresa sus opiniones políticas en público está de una forma u otra en alguno de los tantos miles de contingentes que pueden existir. Hay contingentes de todo tipo que pueden ser caracterizados de muchas maneras (i.e. empresarios, ONGs con acceso a medios, etc), entre ellos incluso contingentes de quienes dicen no ser parte de un contingente político, pero que son integrantes al menos de ese contingente que dice no ser contingente pero que actúa como el resto de los contingentes.

¿Es deseable una competencia electoral habitada por contingentes políticos que hacen lo que describo en este texto? Probablemente. No puedo imaginar la competencia electoral donde este fenómeno no exista. Sin embargo, sí creo que la virulencia de la discusión pública hoy se debe en parte a que quienes participan en estos contingentes muchas veces no están conscientes de lo que están haciendo al confrontar a los integrantes del contingente contrario. Incluso creo que hay tantas personas inconscientes de lo que están haciendo que por eso las campañas del PRI y del PAN se han concentrado en ataques a AMLO, acusándolo de querer liberar homicidas y secuestradores e imponer un régimen chavista, cosas que resultan textualmente creíbles a pocas personas. Temo que quienes hacen estos ataques no se han preguntado si con ellos rompen la solidaridad del contingente que apoya a AMLO, o si por lo contrario están reforzándola.

Un par de ejemplos más toscos de esta inconsciencia (o consciencia mal dirigida) son recientes artículos de Isabel Turrent y de Luis Rubio respectivamente (seguro que hay muchos más pero no leo todo, todo). En el primero la autora se refiere a los votantes de AMLO como irracionales, feligreses, autoritarios; y en el segundo el autor de plano dice “nadie en su sano juicio votaría por él [AMLO]”. En ambos casos es inevitable que sus artículos generen reacciones solidarias entre votantes probables de AMLO, pues 1) incluso pese a las diferencias evidentes entre estos votantes, los meten en un solo saco; 2) ambas afirmaciones son falseables con un solo ejemplo. Es decir, no son descripciones, son insultos, no mucho más que eso, y como suele pasar cuando uno insulta a un grupo entero, lejos de romperla, refuerzan la solidaridad del grupo. El grupo entero se siente más grupo, no menos grupo. (Y sé que lo que viene entre muchos que lean este texto va a ser un “claro típico argumento con doble rasero de quien justifica lo injustificable”, a quienes invito a que copien y peguen este texto, y le pongan sus propios ejemplos).

En fin, todo esto lo escribo no porque quiero que las campañas electorales sean más virulentas sino por el contrario. Lo hago para que quien siente que está rodeado de gente que sólo está tratando de “exhibir” a otros en público en virtud de a quienes apoya o a quienes no apoya, sepa que esto es lo que se hace en las campañas electorales, y no es ni tan grave como parece, ni tan inconsecuente como nos gustaría.

 

 

 

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17 marzo, 2015

Un futuro ominoso

Probablemente no es muy buena idea hacer un pronóstico y menos aún un pronóstico sobre algo indeseable. No lo es por partida doble. La primera razón y más obvia es porque te puedes equivocar y socavar las razones que tienen otros para escucharte. La segunda es que un pronóstico también es un programa. Avanzar una descripción de un futuro posible suele ser una forma de decir “este es el futuro que deseo posible”.

La salida retórica con la que uno se puede tratar de zafar de estos dos problemas es decir: “va a pasar X, pero ojalá me equivoque”. Así, si el pronóstico sucede, se evita la responsabilidad de haberlo avanzado como programa. En contraste, si no sucede, no se puede distinguir si no sucedió porque el pronóstico estaba equivocado o porque el pronóstico, descrito ominoso por agregarle la cláusula “ojalá me equivoque”, hizo que las personas a las que les interesara actuaran de manera distinta. Es una pregunta que no tiene respuesta sencilla, ¿un pronóstico también sirve como alarma?

Pienso en esto porque creo que el futuro cercano en México es ominoso. Creo que desde hace años se podía ver venir en pequeñas cosas, pero que ahora, sumadas, frenar lo que viene se presta mucho más difícil.

Lo que me preocupa es que entre más escandaloso se revela el comportamiento de este gobierno, más caro le sale a los priístas perder el poder. Ya no es sólo que dejen sus puestos, sino que si en el futuro gana otro partido al menos a algunos los metan a la cárcel. Por tanto, lo que no pueden permitir es que gane otro partido las elecciones (ni las del 2015 ni las del 2018). ¿Qué están dispuestos a hacer para “no perder” la elección?  Probablemente todo. Ya no está en juego su prestigio (¿cuál?), lo único que se juegan es el control del aparato estatal. Podremos gritar y patalear que hacen trampa, que desvían recursos, que corrompen todo, y por eso no se inmutarán, simplemente tienen que garantizar que a la hora de las urnas, “haiga sido como haiga sido”, tengan más votos.

Me gustaría pensar que las instituciones electorales aguantarán la embestida que el PRI está preparando. (Me sorprendo viendo cómo otra vez los programa sociales, en voz de la propia secretaria de Sedesol se anuncian así: “tendrán un beca del Presidente“, a parte de en qué han gastado el dinero). Lo veo difícil. Como nos demostró el cínico de Sergio García Ramírez cuando fue consejero electoral: hay consejeros que simplemente tienen como tarea defender lo que haga el PRI. Lo mismo pasa con el tribunal electoral (por ejemplo el ex-secretario particular de la magistrada Alanís, socia de despacho del consejero del INE Marco Baños, es hoy director de la CFE y mientas estaba en el tribunal ya tenía un pie en la campaña de EPN, y justo antes pretendía ser, también, consejero electoral y fue quien organizó aquella cena sobre las multas a EPN en casa de Alanís).

Esto no quiere decir que todos los que están en estas instituciones defenderán al PRI, pero sí que la capacidad de estas instituciones para actuar de manera consistente, certera y concertada (como lo hizo en su momento con el “Pemexgate” y con “Amigos de Fox”) ha sido mermada a tal grado que, como ya empezó a pasar con las trampas del Partido Verde, cualquier acción de los órganos electorales a la oposición le parecerán insuficientes. Es decir, la mejor forma del PRI de reventar al INE y al TEPJF es estirando la liga, demostrar que no existe el castigo suficiente, y después dejar que sea la oposición la que termine de reventarlas. Sin órganos electorales reconocidos por la oposición, al PRI le resultará muy cómodo decir que ellos respetan “la legalidad y la democracia” y que es la oposición la que no lo está haciendo. De ahí veremos la ya tan tradicional cacareada en los medios sobre “respetar el resultado electoral” y esa entelequia que llaman “Estado de derecho” para deslegitimar cualquier queja y protesta.

Temo que esto sea lo que viene, y que antes de ponerse mejor, las cosas se pongan peor. Ojalá me equivoque.

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Una de las cosas que más discusiones polarizadas genera en redes sociales es si hay algo así como “cortinas de humo” que inventan quienes están en el poder para mover la atención de los medios de comunicación hacia uno u otro tema. El caso que mejor recuerdo de esta acusación es cuando se decía que la atención noticiosa a mediados del sexenio de Zedillo había sido movida del FOBAPROA, y demás noticias importantes de la época, a la cobertura de una noticia que no era noticia, primero que nada porque no se acercaba a nada parecido a lo que llamamos verdadero: los ataques del chupacabras (en serio había cobertura en televisión, aquí una nota de los noventa en Tv Azteca).

Sin embargo, la acusación de usar los medios de comunicación o entretenimiento para absorber la atención de una ciudadanía, que ante la ausencia de estos distracciones usaría su tiempo en la actividad política, es tan vieja como la frase romana de “al pueblo pan y circo”. Por ello el mundial de futbol (y en realidad todo entretenimiento) es potencialmente una instancia de “pan y circo”. En estos días en los que se discuten las leyes secundarias de la reforma energética al mismo tiempo que se lleva a cabo el mundial, son muchos quienes están convencidos de que el calendario legislativo fue pensado específicamente para empatar las fechas y que no toda la atención de los medios (y supuestamente de la ciudadanía) estuviera sobre la comisión de energía del Senado sino sobre el futbol.

No sé si así se haya pensado, y no sé si el empate con las fechas del mundial tenga algún efecto sobre la discusión. Sería un tanto brusco decir que mientras haya mundial no puede haber ni una discusión o decisión política en México, como si ante la ausencia de mundial las decisiones y discusiones fueran otras. Es cosa de recordar la casi ausente movilización política que ha habido ante la aprobación de reformas constitucionales como la laboral, de telecomunicaciones y energética. Incluso, en el lugar donde hoy hay mucho pan y circo, Brasil, hay bastantes más movilizaciones y presiones políticas que en México. Si de esto le tuviera que echar la culpa a alguien, en todo caso, es a la forma en la que están organizados los partidos políticos, y el desmantelamiento/colapso de los sindicatos en los últimos años.

¿Esto quiere decir que no existe lo que se suele llamar “cortinas de humo”? No. Sería un tanto ingenuo pensar que no hay estrategias de comunicación y que la prensa y televisión no son usadas de forma táctica por quienes están en el poder. Los millones de pesos que se gastan en consultorías de comunicación y relaciones públicas con los medios, se dedican exactamente a eso: a hacer noticia lo que aún no es noticia, y a sacar de las noticias lo que alguien no quiere que sea noticia. Este trabajo probablemente incluye “empujar” más unas noticias a costa de otras, con tal de influir aunque sea un poquito en el número de segundos que el radio y la televisión le dedican a un tema o en el tamaño del espacio en un periódico.

Un caso  reciente de “cortina de humo” bien documentado es el que describió Carlos Puig durante la campaña electoral del 2012, en un perfil de Peña Nieto. La idea básica era que para evitar que durante la campaña presidencial se discutiera en la Cámara de Diputados la alerta de género que se estaba considerando lanzar en el Estado de México por el número de feminicidios, Peña Nieto y el PRI obligaron a un diputado priísta a renunciar con tal de generar una nota periodística que dijera que el PRI castigaba a misóginos (tal vez el uso recurrente de esta estrategia fue lo que hizo que se discutiera poco el muy desastroso gobierno de EPN en el Estado de México).

Si es que esa táctica para desviar la atención de los medios funcionó en el pasado, no sería sorprendente que se use con frecuencia. Incluso hoy, si estuviera obligado a apostar qué están usando el PRI y el PAN para desviar la atención de la discusión de las leyes secundarias de energía, no es el mundial, sino la tal “Comisión para la familia”. Dicha comisión que tuvo que ser aprobada por los dos partidos, no va a ninguna parte, pero sí tiene una enorme capacidad para que los más ruidosos generemos ruido en torno a ella. Al fin y al cabo para tener una opinión sobre los prejuicios más bobos de los ultra conservadores no se necesitan leer cuatros dictámenes especializados en temas de energía.

Pongo aquí la crónica de la desviación de los medios que hizo Puig en su perfil de EPN:

 

El diputado por el PRI Francisco Moreno Merino entendió a las once de la mañana con veinte minutos del jueves 15 de marzo de 2012 la advertencia que la tarde anterior le habían hecho dos compañeros en la Cámara de Diputados. “Te van a romper la madre”, le habían dicho. No había entendido.

Inició el día en la Cámara como tantos otros. La lista de asistencia registró 310 de los 500 diputados. Se votó para dispensar la lectura del orden del día. A punto de arrancar la sesión, la diputada del PRI Diva Gastélum pidió la palabra al presidente de la mesa directiva, el perredista Guadalupe Acosta Naranjo.

–Estoy muy preocupada –arrancó la priista– y usted como presidente de esta mesa directiva quisiera que tomara nota de un hecho que me tiene muy confundida, que se diera la noche de antier, sobre algunos comentarios hechos por el diputado Paco, Francisco Moreno Merino; nos preocupa mucho la forma de descalificar a las mujeres. Estoy confundida y le voy a decir por qué: porque el diputado siempre se ha conducido de la mejor manera, es un caballero, sin embargo, me preocupa. Quisiera, presidente, que tomara nota de esta situación, porque pareciera que estamos en el siglo pasado, en un tema en donde el respeto a los derechos de las mujeres debería estar a salvo. Yo le agradeceré su intervención. Le pido al diputado Francisco Moreno Merino, mínimamente, sé que no es su estilo, que pudiera él explicarnos o darnos una disculpa, porque realmente muchas compañeras, muchos compañeros, han sentido el atropello en sus palabras. Gracias, presidente.

Francisco Moreno Merino nació veinte días después que Enrique Peña Nieto en el año de 1966. Lo conoció veinte años después, en la ciudad de México, gracias a que su hermana Mónica estudió con el hoy candidato del PRI a la presidencia en la Universidad Panamericana. Desde entonces han sido compañeros ocasionales de fiestas, confidentes y colaboradores políticos. Ambos construyeron carreras en sus respectivos estados. Peña Nieto lo obtuvo todo en el Estado de México: secretario, legislador, gobernador. Moreno aspiró, sin éxito, a ser alcalde de Cuernavaca y compitió para ser el abanderado tricolor a gobernador.

Esa mañana de jueves era diputado y candidato a senador por Morelos. Dos días antes, Moreno Merino había estado en la comparecencia del titular del ISSSTE frente a la Comisión de Seguridad Social. Al final de la reunión, Moreno, educado en las maneras del priismo del siglo pasado –fue secretario de Rubén Figueroa y Leonardo Rodríguez Alcaine–, le espetó al director de ISSSTE una frase de Gonzalo N. Santos: “No hay caballo fino que no tire a mula, ni mujer bonita que no llegue a ser meretriz, ni hombre bueno que no tire a penco. No sea usted un hombre bueno, sea un buen director del Instituto.” Ni los portales ese día, ni los diarios del miércoles o jueves habían dado importancia al hecho. Había pasado prácticamente desapercibido. Pero ese jueves, en el salón de plenos, el futuro de Francisco Moreno en el Senado se desmoronaba frente a sus ojos.

Después de la priista Gastélum, tomó la palabra la diputada Norma Leticia Orozco Torres, del Partido Verde, quien exigió a Moreno Merino que “retirara sus expresiones”; siguió Pilar Torre del panal, subió Leticia Quezada del PRD… El mexiquense y vicecoordinador de los diputados priistas José Ramón Martell operaba entre las diputadas. Moreno pidió la palabra y se disculpó. De poco sirvió. En unos minutos, una veintena de mujeres tomaron la tribuna protestando contra el priista. Se interrumpió la sesión.

Moreno apretó la quijada. Buscó explicaciones entre sus compañeros de bancada.

–Paco –le dijo Jorge Carlos Ramírez Marín–, necesitábamos un difusor. Con el pretexto de la Ley de Trata tenían planeado hacer un escándalo con los de los feminicidios en el Estado de México, iban a sacar lo del libro de las mujeres de Peña. Hasta lo de Paulette querían resucitar. Necesitábamos un distractor.

El diputado panista Carlos Alberto Pérez Cuevas intentó hablar de los feminicidios en el Estado de México, pero le fue imposible. Ese día, en San Lázaro, el enemigo de las mujeres era el diputado Francisco Moreno Merino. A mediodía el tema inundó la radio. Esa tarde, Moreno habló con el candidato. Por la noche, en el noticiero estelar de Televisa, la crónica del hecho duró dos minutos 48 segundos, una eternidad.

La mañana siguiente, el diputado Moreno estaba en Guerrero en una encomienda de la campaña de Peña Nieto cuando recibió una llamada de Pedro Joaquín Coldwell. Era un formalismo que Moreno aprovechó para llamar cobarde al líder priista. A mediodía, en la radio, Coldwell anunció que le había pedido al diputado que renunciara a su candidatura y este había aceptado. Las columnas inauguraron una etiqueta, el diputado misógino, y alabaron la decisión del Partido.

Unos días después, entre priistas, Enrique Peña Nieto puso de ejemplo a su amigo. Dijo que todos deberían aprender de Moreno, de cómo se había sacrificado por el partido, por la campaña.

A Moreno le habían roto la madre. Y no se quejó.

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