Entre todas las discusiones (académicas y no académicas) que se han generado en torno a la violencia en México, una de las más interesantes es la de si la violencia se explica por la “ausencia del Estado”. Creo que es interesante porque cualquiera, después de decir”el Estado está ausente en muchas zonas del país”, cae en cuenta que no es que “el Estado” esté ausente, sino que está presente cierto tipo de Estado en ciertos lugares. El matiz es interesante porque las personas se relacionan distinto con la autoridad, e incluso se comportan distinto, dependiendo, en parte, cómo se comporta esa autoridad. Es decir, como no tendría que ser una sorpresa que haya variación local en lo que es el Estado, entonces tampoco tendría que serlo que haya variación en cómo las personas se comportan frente a éste. él (se siente raro usar “él” para “el Estado”). Hay partes del país donde el Estado mexicano se parece más al danés (tal vez estoy exagerando, y también un danés me podría decir, “al de ciertas partes de Dinamarca”), y hay partes del país donde se parece más a algo así como el del feudalismo ruso (y un ruso me dirá, depende en dónde y cuándo en lo que hoy llamamos Rusia).

Dilucidar esta variación no es fácil porque en general no es fácil medir la presencia/ausencia del Estado. Hay miles de criterios y medidas posibles. Algunas, que me gustan por básicas, son las que describe James C. Scott, como los instrumentos que hacen a la sociedad legible para el Estado. Un ejemplo de instrumento de legibilidad estatal son los nombres de las calles. Cualquiera, después de vivir un rato en un lugar, puede construir referencias locales para moverse de un sitio a otro. Sin embargo es probable que estas referencias no sean legibles para una persona que no tiene información local (“ahí en la segunda casa después de la del párroco que antes era una panadería”). Por ello, la estandarización de los nombres de las calles, le dan legibilidad externa o “desde arriba” a una comunidad (hace unos años escribí sobre la estandarización de los nombres de las calles en el DF). Los Estados controlan de hecho o en potencia la vida de los habitantes bajo su autoridad. Que las calles tengan nombre hace posible que el Estado localice a las personas para el sin fin de relaciones que se construyen entre Estado y ciudadano, por ejemplo, cobrar impuestos, enviar información, identificar individuos, votar y un largo etcétera.  Por lo tanto, si esas relaciones en buena medida necesitan mínima capacidad de localización de las personas ¿qué tanto Estado puede haber, si no hay nombres de calles, y por tanto si los domicilios no tienen dirección?

Como una aproximación a una medida de legibilidad desde el Estado pongo aquí un mapa que hice con datos del IFE con el porcentaje de domicilios cuya dirección es “Domicilio conocido” (es decir no hay calle ni número) por municipio en Guerrero. Como el tema de hoy es Guerrero, puse ese mapa en frente, y atrás el de todo el país para darse una idea relativa. Los colores están graduado por deciles, y entre más oscuro mayor el porcentaje de direcciones con “Domicilio conocido”. (En el mapa chiquito de todo el país, el centro y sur se ven negros, pero eso es porque son más chiquitos los municipios entonces los bordes se notan mucho. Visto en grandote, el centro del país es bastante más clarito que lo demás, y el sur oscuro aunque campechaneado).

[Actualización]

La versión original de este post tenía datos equivocados. Ya fueron corregidos en el mapa que se muestra abajo.

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4 diciembre, 2013

Lo que fue el IFE

No sé bien si ya sucedió. Pero a menos de que los estados en un acto de rebeldía inédito rechacen la reforma constitucional, el IFE  duró hasta el 2013.

La creación del IFE como caso de estudio sin duda ha sido interesante. Aunque no sé si en perspectiva histórica resulte tan interesante como lo pareció en las últimas dos décadas. Tal vez parece tan importante porque lo vimos de cerquita, al grado de que me atrevo a decir que hay algo así como una “generación IFE”. ¿Cómo vivir en México en los noventa y dosmiles y no saber/oír sobre el IFE?

En términos de investigación mucho énfasis se ha puesto en por qué se creó el IFE. Que si el origen es la reforma del 1977, la magnanimidad de los priístas moderados, la presión reformista de la oposición, el susto del Zapatismo, etc. Creo que este énfasis, aunque interesante, es lo que ahora hace que la destrucción del IFE a muchos nos tome por sorpresa.

Probablemente no estoy al tanto de todo lo que se ha escrito sobre el IFE, pero tengo la impresión de que en términos académicos, el IFE se ha estudiado más como el resultado de un conjunto de causas, que  como la causa de un conjunto de resultados. Se me ocurren algunas cosas:

  1. ¿Qué tipo de partidos políticos creó el IFE y qué grupos de interés movilizó?
  2. La credencial de elector, ¿qué efecto tuvo en la identidad de las personas, y en la percepción de sus derechos?
  3. ¿Qué fueron aprendiendo los distintos actores vinculados al IFE, a partir de su experiencia con y en la institución? ¿Qué pasaba si uno hacía qué?

Tal vez si supiéramos más sobre algunas de estas cosas, resultaría menos sorprendente que el IFE desaparezca.

Lo que más temor  me da al pensar en estos temas es llegar a la conclusión de que fueron los históricos opositores al PRI, y principales beneficiarios del IFE, los que terminaron por darle al traste. Eso es lo que se siente ahorita. Que el desprecio velado que siempre tuvo el PRI por el IFE, terminó por encontrar aliados, entre sus viejos adversarios, para hacerse patente.

Tal vez si pensamos en estas cosas, la próxima vez que haya alguna institución como el IFE no sea tan fácil de destruir.

Por mi parte siento que al desaparecer el IFE desaparece un cachito de mi identidad.

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