Hace poco leí un texto donde decía algo interesante sobre las personas solitarias. Decía algo así: No es que estén solas porque sean desagradables o huelan mal. Están solas porque no quieren pagar el costo emocional de lidiar con otras personas. Convivir con otras personas tiene algún costo, uno tiene que pensar en los demás, y de cierta manera adaptar su comportamiento. Esta adaptación es un ejercicio que no ha tod@s nos gusta hacer, aunque casi siempre encontramos momentos "necesarios" para hacerlo.
Sí creo que hay un costo emocional en la convivencia, y en particular cuando el pegamento de esta convivencia es delgado y débil. Es decir, menos costoso (o mejor distribución del costo) es cuando hay motivos explícitos para convivir con alguien, más costoso cuando esos motivos se tienen que generar en el evento mismo.
El reto está en lograr que convivir te salga barato. En ser adaptable y flexible, poder no pagar los costos emocionales de la convivencia si uno así lo decide, pero que al mismo tiempo los costos de convivir no sean tan altos. Supongo que esto sólo se puede hacer con el entrenamiento, enfrentando la convivencia todos los días.
Por cierto, creo que esta es el tipo de cosa que todo mundo piensa, pero de la cual a nadie le gusta hablar.
Si en efecto, es la batalla histórica entre el ello y el superyo. A tu rortianismo le gustará enocntrar algunos ejemplos literarios, el quijote me parece el más claro. La epica entre el romanticismo y la realidad encarnada en las fantasías de un caballero andante.
La mejor manera de contrarrestar la soledad y de obtener réditos de la convivencia es cuando encontramos en los otros un buen modo de enfrentarnos a las reglas y convenciones sociales, de manera auténtica.
Algo así como lo que dijiste en este blog en un post sobre el amor en el que decribías el amor como un acto de rebeldía. Dos en contubernio para enfrentar el mundo.
Me encantó. Saludos, C.
Ahumada, soy tu fans. Supongo que tiene que ver con que descubriste que la convivencia cuando es congruente tiene más réditos que costos. Si no es así, hay poco tiempo como para pérderlo haciendo esfuerzos. O ganas algo, o sales tablas. Pero perder algo, por poco que sea, es sacrificio, no amor.
Quien pueda vivir con las personas (con-vivir) y no las necesite, o es un Dios o un animal. La soledad no deviene en acercarse a Dios sino en tomar su lugar: situarse como centro, alejarse y plantear distancias entre dos mundos: el interno y el externo.
La con-vivencia adquiere costos decrecientes según se adquiera plusvalía en las relaciones, es decir, sembrar relaciones valiosas (¿relaciones Plusvaliosas?).
Una relación de minima inversión (“barata”) no es adaptable y flexible; al contrario, al no arriesgar capital emocional (valor fetiche), el margen de pérdida es menor pero también el margen de ganancia. Es necesaria una mayor inversión emocional para no quedar atrapado en un ciclo infinito de inversión y reinvención sin resultados.
Quién no arriesgue su capital emocional y busque mayores ganancias no es un Dios: es un burro de noria.
(Pero bueno, así son las relaciones líquidas: costo y beneficio, metáforas de ganancia; Una variación más de los amores líquidos de Zygmunt Bauman)