Quienes empezamos a leer en serio por ahí de mediados de los noventas, sólo escuchamos halagos a Octavio Paz. En serio, nunca nunca nunca me he topado con críticas, hasta ahora que (tres días después de escribir esto me doy cuenta que en serio soy un imbécil, me leí no una sino dos veces "La Jaula de la Melancolía de Bartra) me acabo de leer la reseña que escribió HAC en 1979 al Ogro filantrópico. Es de una furia y dureza la crítica que permite entender muchas discusiones, y estilos de escritura, que están presentes en la discusión política mexicana desde entonces. Lo que más critica HAC es la imprecisión histórica, la mistificación, la falta de rigor analítico, la ceguera culturalista.
Lo que odiaba de Paz queda más claro en la imágen del jórobado en La Guerra de Galio, no me acuerdo muy bien pero dice algo así: un jorobado no deja de serlo porque decimos cada vez que lo paseamos que en realidad no es jorobado, sino que es como cualqueir otro. Por lo tanto lo primero que tenemos que hacer con un jorobado es reconocer que lo és. Es decir, no podíamos seguir inventando mitos sobre lo que nuestro país posrevolucionario era, sino que teníamos que empezar por reconocer que era una cloaca.
Sin embargo, más interesante es el texto sobre Martín Luis Guzmán publicado en 1977 un año después de su muerte. La crítica es brutal. La sentencia final sobre sus últimos días expresan el enojo de un escritor y conocedor de la revolución, más joven, francamente desilusionado por Guzmán. La clave está en la postdata el texto:
Lo que a primera vista parece criticar, es la conversión de Martin Luis Guzmán de un crítico a un oportunista como tantos otros.
Aunque aquí es donde está la contradicción sobre el realismo. Al principio del texto HAC critica a Guzman y otros observadores de la clase media ilustrada en las épocas de la revolución, por criticar la política de los generales, por asquearse del oportunismo y la corrupción:
Lo que no reconoce HAC es que justamente Martín Luis Guzmán terminó por someterse al realismo. Terminó por aceptar las cosas tal y como eran. Aceptó que la revolución no era señorita, entonces dejó de criticarla y se dejó seducir por ella. Dejó que la cloaca siguiera siéndolo, coincidiendo con Aguilar Camín, pues no dejaría de serlo por simplemente desearlo y decirlo. HAC nos repite una y otra vez "seamos realistas" sin darse cuenta que eso es lo que termina por tumbar la imaginación que abre las oportunidades de futuros distintos.
Justamente el problema del realismo como justificación es que no deja espacio para imaginar las cosas de diferente manera. No permite crear visiones que motiven y movilicen el cambio. El realismo hoy es seguirse comportando como lo marca el ethos posrevolucionario o puesto de mejor manera por Jesús Silva-Herzog Márquez, "El poder del grupo consiste, pues, en su capacidad de definir lo que es práctico….De acuerdo a esta estructuración de incentivos y recompensas, lo realista ha de seguir el dictado de don Fidel [Velázquez]".
Hoy, en la política mexicana, en nuestra democracia procedimental, lo realista ha de seguir el dictado de la Maestra Elba Esther
En los últimos días he escuchado muchas críticas hacia Paz. No sobre su obra sino sobre su persona. Un reconocido intelectual de México me dijo recientemente que las fiestas de Octavio Paz eran aburridísimas porque todo en él era solemnidad y su círculo era muy cerrado. -No se despeinaba nunca…- agregó. Esto es cierto y li te ral.