Quien sólo vive para cuidarse es hombre muerto

EgmontAyer en la tarde fui a ver la obra Egmont de J.W. Goethe. La versión que presentaron está traducida al español por Juan Villoro. El montaje de la Compañía Nacional de Teatro, es espectacular. Resulta que a uno se le olvidan las buenas artes que pueden haber en nuestro país, simplemente por no poner atención. Confieso no poner atención. Por suerte, en esta ocasión me hicieron poner atención. Me gustó tanto, que como si hubiera ido a concierto de Caifanes en el Palacio de los Deportes, me fui con camiseta, y libro nuevo. 

Aunque la obra trata sobre la libertad de conciencia, y de cierta manera el Estado laico (pues se desarrolla en los Países Bajos cuando la Corona Española en un intento de frenar el protestantismo impone el catolicismo a la mala), a cada quien le brinca más lo que quiere. Aquí pongo un cachito de una escena que menos tiene que ver con la religión y más con una actitud que mi brincó inevitablemente.

Secretario: He vuelto a poner aquí la carta del Conde Oliva. Lo ama a usted como un padre. 

Egmont: No tengo tiempo de contestarle. Entre todas las cosas odiosas, ninguna me parece peor que escribir. Ya que imitas tan bien mi letra, escíbele en mi nombre. Yo estoy esperando a Orange. Tranquiliza a Oliva. Desea mi felicidad y quiere que me cuide, sin comprender que quien sólo vive para cuidarse es hombre muerto.

Secretario: ¿Le escribo algo más?

Egmont: ¿Qué debo decirle? Si quieres agregar palabras es cosa tuya. Todo gira en torno a un solo punto: me obligan a vivir como no me gusta. ¿Que soy alegre, que me tomo las cosas a la ligera, que vivo de prisa? ¡Esa es mi dicha! No cambio eso por la seguridad del cementerio. No tengo en mis venas una sola gota de sangre que me haga vivir a la española. No quiero acomodar mis pasos a la cadencia de la corte. ¿Acaso sólo vivo para pensar en la vida? ¿Debo renunciar al disfrute de este instante para asegurar que el siguiente exista? ¿Y luego arruinar ése con otros caprichos y preocupaciones?

Secretario: Por favor, señor, le suplico que no sea tan severo con este buen hombre. Con los demás usted es muy amable. Diga algunas palabras agradables que puedan tranquilizar a ese noble amigo. Observe lo solícito que es, cómo trata de tocarlo.

Egmont: ¡Pero si siempre toca la misma nota! Sabe desde hace mucho cómo detesto esos consejos que sólo confunden y no sirven para nada. Si yo fuera un sonámbulo que caminara por el peligroso alero de una casa, ¿sería afectuosos prevenirme, gritar mi nombre para que despertara y me viniera abajo? Que cada quien siga su camino y se proteja a su manera.

Secretario: No le corresponde a usted preocuparse, pero sí a quien lo quiere y lo conoce…

Egmont: Si la mañana no nos despierta a nuevas alegrías, si por la noche no nos queda aliento para ilusionarnos, ¿tiene caso vestirse y desnudarse? ¿Acaso el sol brilla hoy para reflexionar en lo que pasó ayer, para adivinar y ponderar lo que no se adivina ni pondera: el destino del día siguiente? Ahórrame estas consideraciones, que los académicos y los cortesanos se haga cargo de ellas. Que piensen y repiensen, que duden y mediten lo que puedan…

Secretario: Perdóneme, pero al hombre que va a pie le da vértigo ver que otro pasa a toda velocidad en un carruaje.

Egmont: No sigas, inocente. Los caballos solares del tiempo corren azotados por espíritus invisibles para arrastrar el ligero carro de nuestro destino. Lo único que podemos hacer nosotros es sostener las riendas con decisión parar esquivar las piedras del camino, a veces a la izquierda, a veces a la derecha. ¿A dónde va el carruaje? ¡Quién lo sabe, apenas sabemos de dónde viene!

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Cosas buenas

Un comentario en “Quien sólo vive para cuidarse es hombre muerto

Comentarios cerrados