Este es un breve apunte sobre cosas que creo el proceso electoral actual nos debería de poner a pensar. No tengo muchas ideas terminadas, pero sí algunas preguntas.


En esta campaña se ha escrito y dicho mucho sobre el populismo. Se han probado definiciones, se ha ampliado como insulto, y se ha reafirmado como uno de los “cocos” históricos de nuestro país. En contraste, mucho menos se ha discutido y descrito el régimen político que actualmente existe. Se habla de algunos de sus defectos, como si estos fueran defectos en el nuevo modelo de un coche, pero no se habla del problema mismo de andar en coche. Es por esta razón que temo que hemos leído y discutido poco sobre la oligarquía. Por oligarquía  me refiero a la situación en la que un pequeño grupo gobierna, no sólo porque tiene el poder de las instituciones con las que se gobierna, sino porque su poder reside en su capacidad para mantener concentrado de forma desproporcionada el acceso a recursos económicos, políticos y culturales.

En términos generales creo que pocas personas negarían que el país en el que hoy vivimos es algo muy parecido a una oligarquía: hay alta concentración de la riqueza, la capacidad para influir en decisiones públicas está limitada a unos cuantos, los parámetros de lo social y culturalmente deseable están severamente restringidos. Sin embargo, pese a que no escasean los comentaristas y analistas que reconocen las desigualdades y exclusiones que son difíciles de evadir, temo que hemos puesto poca atención en cuáles son los mecanismos precisos con los que se construye un regimen oligárquico.

¿Dónde y cómo se hace del poder el pequeño grupo que se hace del poder? ¿Sucede de forma gradual o hay momentos críticos donde crece su poder de un brinco? ¿Su poder es principalmente económico o se ejerce también a través de otras formas de desigualdad? ¿Cuáles son las ideas con las que se justifica y se legitima el orden de las cosas que produce un régimen oligárquico?

Estas preguntas sin respuesta, me vinieron a la mente, en parte por las respuestas que hay justamente a lo que muchos hoy llaman populismo. Por ejemplo, cuando varios periodistas entrevistaron en Milenio a López Obrador, Carlos Marín insistía en transmitirnos su desconfianza a la inclusión política de las mayorías: “las equivocaciones de los pueblos suelen ser pavorosas, está la elección democrática de Adolfo Hitler en el 33…el pueblo asalta trenes”. Otro ejemplo es la preocupación recurrente por la propuesta de ampliar la matrícula universitaria, y por reconocer que los exámenes de admisión que hoy existen más que medir méritos se usan como instrumento de racionamiento de la escasez. Un ejemplo más es la insistencia en que incluso en cargos burocráticos que tienen un fuerte componente técnico, no es la técnica ni el objetivo político el que debe determinar quién los ocupa, sino literalmente los contactos y reconocimiento entre grupos financieros.

Me interesa intentar contestar estas preguntas porque temo que quienes dicen defender algo que llaman “liberalismo”, lo defienden sin ejemplos concretos que terminarían por describir al país en el que vivimos hoy y que los obligaría a defender también un país que parece tener un régimen oligárquico. Defienden lo que llaman liberalismo, como si lo que estuviera en juego fueran derechos civiles fundamentales, y no las barreras materiales y simbólicas que usa la oligarquía para excluir a las mayorías.