Aquí mi columna de El Universal de hoy.
Me pregunto si cuando iniciamos pláticas con desconocidos en la ciudad de México tenemos que ser más creativos que en ciudades con climas extremos. En una ciudad en la que nieva seriamente o en la que el chispeo de lluvia y las nubes dominan —incluso el verano— el clima es la excusa perfecta para tantear temas que pueden usarse como puente de conversación. Todos los años, los habitantes de esas ciudades encuentran algún placer en especular en público si el clima del día denota ya el cambio, o profundización, de una estación. El clima es tema, el mínimo, pero siempre tema.
En la ciudad de México —me atrevo a generalizar— nuestras conversaciones sobre el clima son más quejas que especulaciones: “Es increíble el frío que hace”, “ya no aguanto el calor, estuve todo el día en el tráfico”. Sucede cada año. Pareciera, que sólo aceptamos que la temperatura es templada en promedio, y nos sorprendemos con esos momentos que se le alejan. Pensar en términos del promedio puede ser útil cuando vemos algo en retrospectiva, o como consuelo frente a un momento desagradable, pero al mismo tiempo aceptar el promedio —tal como las generalizaciones aquí hechas— implica cortar de tajo la riqueza de lo particular y lo distinto.
En el caso del frío, casi siempre me encuentro a mí mismo haciendo uso de la negación como método de abrigo. Me digo: “Si vivimos en el trópico (o muy cerca), si pagamos los costos de no estar tan lejos del ecuador, entonces, aquí, no puede hacer tanto frío. En todo caso lo que nos hace falta es expandir las hileras de palmeras de Av. Oaxaca, Dr. Vértiz, y Explanada para no tener duda de que nuestra vida es cuasi-tropical (¿Qué no es ese el objetivo del GDF al poner palmeras en el camellón del Viaducto?). Si no andamos para todos lados de shorts y faldas es por hábitos sociales —insisto— pero no porque el clima no nos lo permita”.