Entre todas las cosas que están pasando y dejando de pasar en México a veces es difícil ver qué no sólo es importante ahorita sino lo que será importante en el largo plazo. Es fácil que pase por desapercibida una nota publicada ayer en el New York Times, en la que reportan que en lo que parece es el Conteo de Población y Vivienda 2015 se incluirá algo así como identificación racial.  No me queda claro cómo estará planteada la pregunta que parece recién se probó en una encuesta, pero tiene que ver específicamente con las personas que se identifiquen como negros o de ascendencia africana. No sé si han salido notas al respecto en la prensa mexicana, pero hasta el momento no he visto alguna.

El tema es importante porque en el censo en México desde los años treinta no se incluye identificación racial. Se incluía e incluye lengua, y más recientemente pertenencia étnica entendida como “cultura”. Hasta donde sé no se incluía ascendencia genética ni color de piel. En parte porque el Estado mexicano al menos en un siglo no ha usado como forma de clasificación la raza o color de piel,  en la encuesta de CONAPRED cuando a la gente se le pide que se autoclasifique por color de piel las respuestas no caen en categorías raciales, sino en sinónimos de colores. En la encuesta encontré al menos 43 respuestas únicas que incluyen descripciones de colores y algunas categorías que se usan cotidianamente: mulato, indígena, ni moreno ni güero, blanca quemadita, rosita, caoba, arena, aperlados, cremosa, blanca, termino medio, dorado, moreno, un poco amarillo, azteca, etc. Esto no quiere decir que las personas no sepan que hay distintos colores de piel, sino que como no es una clasificación que se use explícitamente no parece que hayan definiciones compartidas.

No hay duda que desde mediados de los noventa ha habido un esfuerzo por romper el mito del mestizaje y la raza cósmica, pero ese esfuerzo, hasta donde ha quedado institucionalizado no hace referencia a ascendencia genética o color de piel. Ni en los acuerdos de San Andrés ni en el artículo 2 de la constitución se define indígena de forma genética ni por fenotipo. Se define por “usos y costumbres”, lengua, o pertenencia a comunidades con cierto tipo de instituciones y patrones culturales. Incluso dicen que ser indígena tiene que ver con la conciencia. De alguna forma, sin importar la composición genética, cualquier comunidad puede en algún momento ser reconocida como indígena. Empezar a clasificar por raza y color de piel, sí es el fin del pacto posrevolucionario sobre raza en México. No es lo mismo decir que México es “multicultural” o “pluriétnico” que decir que es “mutiracial”.

El Estado es el gran clasificador, y es probable que una vez que el Estado mexicano clasifique a las personas por raza y color de piel, cotidianamente esas categorías cobren mayor significado.  Hoy sin duda las personas hacen cotidianamente clasificaciones basadas en raza y color de piel, pero estas no están estandarizadas y por tanto a veces se usan de una manera y otras de forma contradictoria. Esta indefinición hace nuestras fronteras raciales particularmente porosas. A nadie le queda hoy muy claro, incluso en esas clasificaciones cotidianas, quién queda dentro, quién queda fuera, cuándo y por qué. Las disputas que hoy tienen que ver con raza y color de piel en México siempre tienen que pasar por la dificultad de ponerse de acuerdo exactamente dónde y cuándo se pintan las líneas entre una y otra.

Entiendo uno de los argumentos a favor de la clasificación racial por parte del Estado. Sus defensores suelen decir, “En México hay racismo escondido. La forma de hacerlo evidente es clasificando a las personas de tal manera que puedan enfrentar las formas de racismo que no se reconoce que existen. A partir de la clasificación explícita, las fronteras de raza se harán más brillantes y podrá haber movilización en contra de la discriminación”. Es una versión de la “profundización de las contradicciones” del marxismo, que incluye su propia visión optimista sobre el futuro. Sin embargo,  esos mismos defensores de la clasificación tienen que reconocer que hay algo de incertidumbre sobre sus consecuencias. No es fácil saber qué pasará una vez que se vaya extendiendo la clasificación, y no sabemos cómo serán retomadas cotidianamente estas categorías una vez que se difunden, vuelven compartidas, y el Estado tome decisiones en función de ellas. Es decir, estos mismos defensores de la clasificación racial tienen que reconocer que las consecuencias pueden ser contrarias a lo que esperan. Puede ser que nuestra tan difusa, contradictoria y claro discriminatoria concepción de raza resulta aún más discriminatoria. No es que la clasificación “descubra” qué razas hay en México, sino que las construirá y nos dirá qué razas habrá en México. La forma en la que el Estado ha construido las razas en otros países no me parece una consecuencia muy alentadora.

¿Querrán que a partir del año que entra me entienda como un  “mexicano blanco”? La idea me saca un poco de quicio. Me hace pensar que tal vez de todas las cosas que se pueden importar de Estados Unidos, sus formas de clasificación racial no son las mejores, o por lo menos no son las mejores para México.


 

Gracias a Antonio Martínez veo un blog donde aparece al menos una parte de la discusión entre INEGI y organizaciones civiles que exigen que se incluya en el Conteo 2015 la categoría según la autodescripción de “los pueblos negros” de Guerrero y Oaxaca.