A partir de la publicación de la última encuesta de Latinobarómetro, ha habido un alud de artículos de opinión sobre la “insatisfacción con la democracia” en México. (Aquí algunos de los artículos que encontré en periódicos nacionales (1,2,3,4,5,6,7,8,9,101112) La mayoría de ellos desembocan en las lamentos que podemos imaginar sobre lo indeseable que es que una proporción alta de encuestados se consideren “insatisfechos por la democracia” (aunque también una proporción no menor considera que pese a tener problemas la democracia es “el mejor sistema de gobierno” lo cual recibe menos menciones).

La mayoría de los artículos desembocan en lamentos, porque toman los datos de la encuesta de forma poco crítica y  asumen que están reflejando lo que creen que está reflejando  (los que menos hacen esto son Moreno y Ackerman, quienes interpretan los datos de otra manera). Sin embargo, tengo dudas sobre la validez de las preguntas que hace Latinobarómetro. Por ejemplo en este estudio encontraron que la pregunta relacionada a la “satisfacción con la democracia” significa distintas cosas para distintas personas, y que resulta particularmente confusa para hacer comparaciones entre países (justo porque significa distintas cosas para distintas personas, i.e. dependiendo del contexto y nivel de información que tienen). El libro Critical Citizens… (aquí la introducción), aunque no cuestiona por completo las preguntas sobre la satisfacción con la democracia, sí las inserta en discusiones más complejas que hacen difícil llegar a una conclusión tajante sobre si los resultados de estas encuestas–y de esta en particular–nos deben llevar a sonar las sirenas de alarma.

Mi hipótesis (sólo eso, sin datos ni nada)  es que los resultados de Latinobarómetro  en México están reflejando dos cosas: 1) evaluación del desempeño de “los que gobiernan” (no sólo de los actuales sino acumulada); y 2) resultados electorales con una mayoría de perdedores y una parte del electorado que nunca ha ganado (sobre esto hay algo de evidencia en Loser’s Consent…). Esta hipótesis es distinta a la predominante en otros artículos de opinión, porque implica que la “satisfacción con la democracia” puede cambiar en relativamente corto plazo dependiendo quién y por cuánto gane elecciones y, por supuesto, si el desempeño (¿económico?) del gobierno cambia (por causas propias al gobierno o externas). Es decir que la insatisfacción no implica la insatisfacción con el sistema democrático de gobierno (elecciones, derechos civiles, representación, etc.), sino con resultados recientes asumiendo el contexto democrático.

Simplemente no veo en el futuro cercano a esos millones de insatisfechos exigiendo el fin de los derechos civiles y la suspensión de las elecciones. Lo que sí veo, en cambio, es quien use estas encuestas para justificar su propia insatisfacción política, y concluya que ya sea porque la democracia no resultó en la aprobación de “las reformas que el país necesita” o porque en ella cabe hasta lo que consideran “indeseable”, que terminen por ofrecer los argumentos de su destrucción.