Si quisiera pertenecer a alguna variante del anarquismo (o alguna forma de libertarianismo) me preocuparía sobre cómo ve el Estado, para organizar y catalogar a los objetos y personas, para así «dominarlas» y establecer regímenes de disciplina. Pero como me cuesta trabajo pensarme así, me pasa lo contrario y suelo tener cierta simpatía por la mirada desde el Estado.
Hoy fui a un curso «prematrimonial» como parte de los requisitos que existen para casarse en Morelos. Cuando primero supe del requisito -implica asistir un viernes a la una de la tarde durante dos horas al Consejo de Población Estatal (CPE)- pensé: «será sobre violencia intrafamiliar». Después me entró la duda si era una requisito establecido por gobiernos panistas previos, y si sería más bien una plática hiperconservadora sobre el «valor de la familia». Por suerte mi primera sospecha fue más certera. El curso fue sobre a) control de la natalidad; b) cómo tener una buena relación de pareja («la comunicación es la clave», etc); y sobre c) cómo evitar la violencia intrafamiliar.
La tercera parte fue la que resultó más interesante. La funcionaria del CPE, no muy articulada pero convencida, insistió en que dentro de la relación de pareja debemos olvidar (o dejar de priorizar) a nuestra respectivas familias (es una familia nueva, decía), no debemos aferrarnos a una relación en la que nos maltratan o no nos quieren (el amor, lo que dure), tenemos que tener una vida sexual activa (decirnos las cosas -posiciones y demás- que a cada uno le gusta), y «eso de que las mujeres lavan y cocinan y los hombres se van a trabajar, es muy antiguo. Así era antes, ahora los dos hacen de todo».
En el auditorio improvisado en un estacionamiento éramos alrededor de 15 parejas sentadas escuchando la presentación. En la lista en la que nos tuvimos que apuntar al llegar, alcanzamos a ver que una de las parejas la componían un hombre de 20 años y una mujer de 16 años. En general éramos (¿?) parejas jóvenes. Tratamos de imaginar quienes estaban ahí por su voluntad plena y quienes lo hacían con algo de resistencia. Ni una cara o gesto nos permitió distinguir. Lo que las funcionarias decían sobre escuchar al otro/a, respetarlo/a, tratarse como iguales, y «olvidarse de lo que a veces aprendimos en nuestras casas», sonaba subversivo (obvio, en ese contexto), pero sin sonar moralino. Era una suerte de feminismo práctico, aplicado a ejemplos no muy elaborados, pero coloquiales.
Me hizo pensar en el Estado como instrumento de subversión cultural. Se notaba el intento planeado, probablemente legislado, y claramente financiado para reventar hábitos culturales que prevalence en la sociedad, y que hoy -al menos desde el Estado- son considerados indeseables.
Aunque entiendo los argumentos multiculturales, me gusta ver un Estado que se sabe no neutral y que pese a reconocer el relativismo moral, no por ello renuncia a describir cierta ética cómo deseable.
Y para quienes consideran esto un acto de represión estatal, la verdad es que el requisito es relativamente laxo. Puedes llegar tarde e igual te dan el certificado. Si llueve mucho y el «auditorio» no se puede usar, también te dan el certificado. Si no va uno de los integrantes de la pareja, no importa, igual te dan el certificado. Incluso si llegas 1 minuto antes de que acabe, te dan el certificado.