TRIBUNA: ULRICH BECK Y ANTHONY GIDDENS
Carta abierta sobre el futuro de Europa |
| Ulrich Beck es catedrático de Sociología de la Universidad de Múnich. Anthony Giddens es ex director de la London School of Economics. Traducción de News Clips. | |
| EL PAÍS – Opinión – 02-10-2005 | |
La propuesta de Constitución Europea está muerta. Los pueblos de
Francia y Holanda han hablado. Pero, ¿qué sentimientos hay detrás de su
non y su nee?
Probablemente, una confusión de ideas y sentimientos: "Ayuda, ya no
comprendemos Europa"; "¿Dónde están las fronteras de Europa?"; "Europa
no está haciendo suficiente por nosotros"; "Nuestro estilo de vida se
está viendo acosado". La Constitución está muerta. ¡Larga vida…! ¿A
qué? Quienes deben decirlo son los partidarios de Europa. No deberíamos
permitir que los euroescépticos se hagan con la agenda. Debemos
reaccionar ante el no y sobrellevarlo de una forma positiva y
constructiva. La Unión Europea (UE) es el experimento más original y
exitoso en la creación de instituciones desde la Segunda Guerra
Mundial. Ha reunido a Europa tras la caída del Muro de Berlín. Ha
influido en el cambio político en lugares tan lejanos como Ucrania y
Turquía, y no por medios militares como en el pasado, sino pacíficos. A
través de sus innovaciones económicas, ha desempeñado un papel a la
hora de llevar la prosperidad a millones de personas, aunque su
reciente nivel de crecimiento haya sido decepcionante. Ha ayudado a uno
de los países más pobres de Europa, Irlanda, a convertirse en uno de
los más ricos. Ha desempeñado un papel decisivo en la implantación de
la democracia en España, Portugal y Grecia, países que antes habían
sido dictaduras.
Sus partidarios dicen con frecuencia que la UE ha mantenido la paz en
Europa durante más de 50 años. Esta afirmación es dudosa. La
Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la presencia de
los estadounidenses han sido de suma importancia. Pero lo que la Unión
ha conseguido es, de hecho, más profundo. Ha dado la vuelta a las
influencias malignas de la historia europea: nacionalismo,
colonialismo, aventurerismo militar. Ha fundado o apoyado instituciones
-como el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos- que no sólo
rechazan, sino que legislan contra la barbarie que ha marcado el pasado
de Europa. No es el fracaso de la UE lo que preocupa a la gente, sino
su éxito. Reunir a Europa occidental y oriental parecía un sueño
imposible hace menos de 20 años. Pero incluso en los nuevos Estados
miembros, la gente pregunta: "¿Dónde termina todo esto?". Incluso para
quienes más provecho sacan, la UE puede parecer un agente de la
globalización en lugar de un medio para adaptarse y remodelarla.
Estos sentimientos tienden a estimular un regreso emocional al aparente
refugio de seguridad de la nación. Aun así, si se aboliera la UE de la
noche a la mañana, la gente se sentiría menos segura en sus identidades
nacionales y culturales. Digamos, por ejemplo, que los euroescépticos
de Gran Bretaña se salen con la suya y el país abandona la UE por
completo: ¿Tendrían los británicos una idea más clara sobre su
identidad? ¿Gozarían de una mayor soberanía para gestionar sus asuntos?
La respuesta a ambas preguntas es no. Casi con total seguridad, los
escoceses y galeses seguirían buscando a la UE, lo cual podría llevar
al desmembramiento del Reino Unido. Y Gran Bretaña -o Inglaterra-
perdería más soberanía de la que ganaría, si ésta implica un verdadero
poder para influir en el resto del mundo, puesto que muchas cuestiones
y problemas se originan actualmente por encima del nivel del Estado
nacional y no se pueden resolver dentro sus límites.
La paradoja es que, en el mundo contemporáneo, el pensamiento
nacionalista o aislacionista puede ser el peor enemigo de la nación y
de sus intereses. La UE es un terreno en el que la soberanía formal se
puede intercambiar por poder verdadero, y se puede cultivar una cultura
nacional y mejorar el éxito económico. La UE está mejor situada para
defender los intereses nacionales en comercio, inmigración, ley y
orden, medio ambiente, defensa y muchos otros sectores de lo que
posiblemente lo estarían los países si actuaran por su cuenta.
Empecemos a pensar en la UE no como una "nación inacabada" o un "Estado
federal incompleto", sino como un nuevo tipo de proyecto cosmopolita.
La gente tiene miedo de un posible súper-Estado federal, y con razón.
No puede levantarse una Europa que resurja de las ruinas de las
naciones. La persistencia de la nación es la condición para una Europa
cosmopolita y, actualmente, por los motivos ya expuestos, lo contrario
también es cierto. Durante mucho tiempo, el proceso de la integración
europea se realizó principalmente suprimiendo la diferencia. Pero
unidad no es sinónimo de uniformidad. Desde un punto de vista
cosmopolita, la diversidad no es el problema, es la solución.
Tras el bloqueo de la Constitución, el futuro de la UE de repente
parece amorfo e incierto. ¡Pero no debería ser así! Los europeístas
deberían formularse tres preguntas: ¿Queremos una Europa que defienda
sus valores en el mundo? ¿Queremos una Europa económicamente fuerte?
¿Queremos una Europa ecuánime y socialmente justa? Estas preguntas son
casi retóricas, ya que cualquiera que desee que la UE triunfe debe
responder afirmativamente a las tres. Después llegan varias
consecuencias bastante concretas. Si queremos que Europa sea oída y
valorada en el escenario mundial, no podemos declarar el fin de la
ampliación, ni dejar el sistema de gobierno de la UE tal como está. La
ampliación es la herramienta más poderosa para la Unión en política
exterior, un medio para difundir la paz, la democracia y los mercados
abiertos. Por ejemplo, prácticamente no hay esperanzas de estabilizar
los Balcanes si se elimina la posibilidad de su acceso a la UE. La
erupción de más conflictos podría ser un desastre. La UE perderá una
enorme influencia geopolítica potencial si decide dejar fuera a Turquía.
Se pueden aplicar consideraciones similares a la manera de gobernar. La
UE no puede desempeñar un papel efectivo en el mundo sin más innovación
política. Debería mantenerse la propuesta de un único ministro de
Asuntos Exteriores de la UE. Se necesitan medios más eficaces que el
engorroso método que dejaron los acuerdos de Niza para tomar decisiones
compartidas. Y las propuestas incluidas en la Constitución para
realizar más consultas a los Parlamentos nacionales antes de instituir
políticas de la UE sin duda son democráticas y sensatas. Sin embargo,
la influencia polí-tica y diplomática siempre refleja un peso
económico. Es en esto, por encima de todo, donde los europeístas deben
alentar a la Comisión y a los líderes de los Estados miembros a entrar
en acción. Sabemos que los votos por el no
de Francia y Holanda se vieron motivados en gran medida por ansiedades
sociales y económicas, ansiedades que alimentaron los miedos más
generales señalados anteriormente. A pesar de sus demás éxitos, la
Unión Europea sencillamente no está obteniendo un buen rendimiento
económico. Presenta unos niveles de crecimiento mucho más bajos que EE
UU, por no hablar de países menos desarrollados como India y China. Hay
20 millones de parados en la UE, además de 93 millones de personas
económicamente inactivas, muchas de las cuales trabajarían si pudieran.
Además, las presiones de los mercados mundiales no cesan de acumularse.
Un 45% de los productos fabricados en todo el mundo proceden ahora de
los países en desarrollo, en contraste con menos del 10% en 1970. Sin
duda, esta proporción se incrementará todavía más. Con el abaratamiento
de la tecnología de la información, también pueden transferirse muchos
servicios al extranjero. La subcontratación a centros de llamadas
indios es sólo el principio de lo que podría convertirse en una
tendencia mucho más generalizada. Europa debe prepararse para el
cambio. Pero, junto con la reforma, debe preservar y, sin duda,
intensificar su preocupación por la justicia social. El primer ministro
británico, Tony Blair, ha solicitado recientemente un debate en toda
Europa sobre esta cuestión. Creemos que hace lo correcto. Algunos
países, especialmente los nórdicos, han tenido un éxito sorprendente a
la hora de combinar crecimiento económico con altos niveles de
protección e igualdad sociales. Veamos qué puede aprender el resto de
Europa de ellos y de otros países de todo el mundo que lo han logrado.
Escribimos como partidarios de la Constitución, a pesar de lo dilatada
y poco elegante que era. Pero su rechazo permite -y esperemos que
obligue- a los europeos enfrentarse a ciertas realidades básicas y a
responder a ellas. La Unión Europea puede ser una gran influencia, si
no la más importante, en el escenario mundial en este siglo. Es lo que
los europeístas deberían desear que ocurriera. Hagamos que ocurra.
Como decía Heinrich Heine, poeta judío-aleman del siglo XIX, para explicar su decisión de convertirse al cristianismo, «La cristiandad es la llave de acceso a la cultura Europea». Creo que esta frase puede servir para señalar los límites de la ampliación de la UE, que de ninguna manera es conveniente incluya a la musulmana Turquía, tan ajena a lo europeo.
Sobre el bajo crecimiento de la UE, hay que decir que es muy cuerda la recomendación que se hace de buscar guía en los estados de bienestar escandinavos que han aplicado con éxito una orientación social-demócrata a sus economías. Siendo el estado patrimonio social y princiapal instrumento del crecimineto económico y la distribución de la riqueza.