La izquierda que no pudo ser

Con todo y que soy el menos fan de Oscar Levin, les puedo decir que dice bien lo que no debemos ser ni nos queremos convertir. De la misma manera espero que podamos ser exactamente lo que dice que la izquierda no ha podido ser. Una corriente política claramente definida como democrática, pero también claramente definida como Izquierda. Saludos, Andrés.

Óscar Levín Coppel / La izquierda mexicana: lo que fue y lo que no pudo ser

Por Óscar Levín Coppel
Reforma

Luego de una larga historia de marginalidad, en los últimos años la izquierda mexicana ha logrado reunir una fuerza política significativa: de un tiempo a esta parte gana elecciones y se enfrenta a los costos de ser gobierno. Su comportamiento es contradictorio. No siempre queda claro hasta dónde llega su proyecto y dónde empieza el interés personal de sus dirigentes y principales figuras. En efecto, entre la izquierda testimonial de antes con trascendencia ética pero sin eficacia política, y el excesivo pragmatismo de ahora con resultados pero sin una identidad clara está su destino inmediato. Son todavía un enorme signo de interrogación.

Y es que la izquierda de nuestro país está formada por grupos que no han renunciado a su condición de círculo cerrado, algunas figuras respetables y unos pocos ciudadanos libres o ajenos al control corporativo. En ese amplio espacio aparece el PRD como su principal expresión organizada, pero también cabe en la definición genérica una baraja que va del EZLN hasta un sector de la intelectualidad sin partido, pasando por infinidad de movimientos sociales y organismos no gubernamentales o formas espontáneas de agrupación de los sujetos sociales que se identifican de manera flexible con la justicia, la igualdad y la democracia. Aunque los primeros son claramente distintivos de su fisonomía, lo último, es decir, su carácter democrático suele estar en tela de juicio. Ni el respeto a las instituciones, ni su apego a la ley, ni su compromiso con las reglas del juego siguen una línea definida de coherencia.

Esto se debe en esencia a que en México no floreció la tradición y la ideología democrática de los partidos socialistas y socialdemócratas europeos. Ha pesado mucho más la herencia autoritaria del comunismo soviético. La larga noche de los errores duró hasta que cayó el Muro de Berlín. Después vinieron algunas reflexiones aisladas y una tímida autocrítica que en México nunca se desplegó ni trajo como consecuencia un cambio de fondo en sus prácticas y su manera de ver el mundo. Una especie de fervor oculto, una llama interna suplió a la necesidad racional de corregir el camino y buscar una nueva configuración de su pensamiento. Hasta la fecha permanecen ocultas pero vibrantes las notas de la lucha de clases y la explicación unidimensional de la realidad. En suma, nuestra izquierda sigue sumida en su arcaico laberinto. De ahí su dudoso compromiso con la democracia. Para ellos, ésta no es una forma de vida o la manera de regular la convivencia, sino un medio para conquistar los sagrados fines de la Revolución y los profanos beneficios del poder. En su mundo siguen prevaleciendo el autoritarismo y la intolerancia.

A la izquierda mexicana no se le conoce, pues, ni libro ni personajes identificados por conducir alguna rectificación democrática. Al contrario. Ahora se suman a su relación de parentesco los lastres corporativos, clientelares y patrimonialistas del viejo sistema político mexicano. El resultado es una pléyade de nuevos izquierdistas que profesan un agudo sentido de la oportunidad, la ubicación y la asimilación. No contribuyen con ideas, sólo con intereses. El PRD, en particular, parece estar convertido en una especie de gran planta de captación de residuos políticos y reciclamiento de resentidos. No importa su origen. A nadie se le ocurre cuestionar sus verdaderas motivaciones y afanes personales. No importa si los gatos son negros o pardos, siempre y cuando cacen ratones. Con ellos van a las campañas que se avecinan. En este momento no importa reparar en costos ni en daños morales. Lo único que importa es llegar al poder. Ya habrá tiempo para ponerse de acuerdo. Entre barullos y enredos.

En una democracia moderna es sano -indispensable- contar con una izquierda fuerte, solvente, confiable, abierta al influjo ciudadano y capaz de organizar la convivencia plural. Lamentablemente no existe en nuestro país. Lejos de ello se promueve desde sus filas una perniciosa polarización social de México. Una tosca repetición del dilema de la lucha de clases que deja a un lado el concepto mismo de clase social. Ahora se trata de enfrentar a los pobres con los ricos. En una definición tan larga y demagógica que pone los pelos de punta. Los afanes populistas de sus promotores atizan el encono y nos oponen a las principales tendencias del mundo moderno. Su verdad es exclusiva, cerrada, y su estrategia empieza y termina en la confrontación. De acuerdo con esa visión todo debe ponerse al servicio de la causa superior de una República imaginaria que se receta en opúsculos y discursos pero que nadie sabe a ciencia cierta cómo estaría constituida. Lo que se conoce, lo que deja la experiencia de sus gobiernos, habla más bien de corrupción, manipulación, exclusión en provecho de unos cuantos. La incondicionalidad y la componenda como sustitutos del programa.

Dudo mucho que la izquierda del aggiornamento llegue pronto a México. Tardará. Independientemente de la fuerza con la que lleguen el PRD, sus aliados y sus compañeros de viaje hasta las elecciones del próximo año. Hace falta una alternativa de izquierda moderna, democrática. Sólo así será confiable.

Agradezco a Reforma y a mis lectores por los 11 años de paciencia que tuvieron para compartir mis puntos de vista.

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Publicado en: General