En las primeras líneas de "Los Paseos de la Ciudad de México" de Salvador Novo, encuentro esta defensa del paseo, y de pasear (por definición a pie, dice).
De paseo y paseos
Pasear en coche es ya un contrasentido; porque pasear es dar pasos, caminar, <andar a pier>, como con redundancia decimos.
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El absurdo y la negación del paseo: la abdicación de sus placeres: la renuncia a embonar paso a paso nuestros ritmos internos -circulación, respiración- en los pausados ritmos universales que nos rodean, arrullan, mecen, uncen, sobreviene cuando a bordo de un automóvil nos lanzamos con velocidad insensata a simplemente anular distancias, mudar de sitio, <tragar leguas>; caer -como del cielo aterrizar los aviones- en una ciudad o país cuya extrañeza, y la tardanza en avenirnos a los cuales, dimanan de nuestro súbito arribo, privado de la gradual asimilación, conquista, incorporación, entendimiento, acercamiento y final mutua entrega, que lo haría biológico y fecundo.
Nuestros antepasados supieron pasear, disfrutar de un paseo: no sólo al reunirse en las plazas a tomar el fresco en la tarde y saludar a los amigos: ni sólo a la salida de misa los domingos, o en el <flaneo> tradicional de Plateros inmortalizado por el Duque Job; paseo que perduró más allá de los veinte, hasta que los automóviles acabaron por darle muerte y extinción…