En el post anterior decía que en México no imaginamos los niveles de polarización política que hay allá, en buena medida porque vivimos la política de forma distinta. La polarización política en EU es tal, que ser “liberal” o “conservador” es parte de la identidad personal. Es tan saliente, tan importante la política y las posiciones morales implícitas en su polarización política, que uno no tiene que tener una conversación muy profunda con un estadounidense para saber rápidamente en qué bando del espectro político está. Una burla típica contra los liberales en Estados Unidos es que son “liberales tomadores de café latte“, y es una burla que algo dice. Es un estereotipo que no carece de significado, que trata de invocar patrones de consumo que representan una cultura política entera (estas divisiones también se notan en el cine: si te gusta la película de guerra “American Sniper” eres conservador; si te gusta la película sobre Luther King, “Selma” eres liberal). Incluso como extranjero en Estados Unidos, uno se da muy rápido cuenta de qué lado está en el espectro político, y fácilmente lo vive con la intensidad de pensar que los del otro lado “están locos”. Las posiciones políticas convertidas en identidad personal es lo que, argumenta la politóloga Kathy Cramer, hace que los estadounidenses procesen la misma información y datos pero lleguen a posiciones radicalmente opuestas. No es que los votantes de Trump sean ignorantes, argumenta, sino que se explican lo que ven del mundo con unas anteojeras distintas a las de los votantes de Clinton. A eso ha ayudado Fox News y otros medios ultra-conservadores. En México la polarización política no se vive de la misma manera. Aunque suba de intensidad en campañas electorales, no es una polarización constante que pueda resumirse en qué tipo de tacos pedimos o en qué tipo de coche andamos.

El contenido con el que los políticos estadounidense han polarizado al electorado, y sobre todo el ala derecha del Partido Republicano, es fundamental. Sus posiciones están en contraposición a lo que definen como las posiciones liberales, que son las que en México más frecuentemente se reproducen en los medios. Este contenido tiene como componente clave la definición de quién merece qué y por qué. Es aquí donde las posiciones liberales que tienen que ver con la inclusión, con las políticas de acción afirmativa, con la intervención del Estado para garantizar condiciones mínimas para los más vulnerables, se han vuelto detestables para los conservadores, quienes que a su vez sienten que no pueden ser los beneficiarios de las políticas públicas del Partido Demócrata aunque de hecho sí lo sean (como pasa con la ampliación de la cobertura del sistema de salud).

La socióloga Arlie Hochschild que lleva trabajando un lustro en zonas donde la corriente de la derecha republicana del “Tea Party” se fortaleció, ofrece un metáfora ilustrativa (este otro texto es más largo y más esclarecedor). Muchos hombres blancos sienten que toda su vida han hecho fila. Sienten que han trabajado, han llegado como han podido hasta donde han podido, y han sorteado retos y crisis; al mismo tiempo sienten que las mujeres, negros y migrantes se están brincando la fila. No sólo eso, sienten que el gobierno dominado por liberales (y en particular el primer Presidente negro) les ayuda a brincarse la fila. Por eso resulta compatible sufrir las consecuencias de la crisis económica con ser libertarios en términos de la ayuda que el Estado puede brindar a la gente. La clave no es recibir ayuda o no, sino quién merece ayuda y quién no. Justamente por la historia de Estados Unidos esta definición de quién merece ayuda y quién no cruza por divisiones de raza y de migración. La gráfica que pongo abajo, también del reporte de Pew Research, ilustra las diferencias entre republicanos y demócratas, que en parte apoyan la metáfora de Hochschild.

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El discurso sobre el “merecimiento” no es del todo ajeno en México. Tal vez lo más cercano que hay es el argumento político que suele ser más de derecha, pero no exclusivamente, de que “los mexicanos” solo estamos esperando a que “papá gobierno nos ayude”. Incluso uno puede ver los rasgos más polarizantes de este discurso en columnas de opinión como de Ricardo Alemán, Gabriel Quadri o Pablo Hiriart con respecto a los maestros de la CNTE y los alumnos de Normales Rurales. O en la idea muy exitosa de que si el acceso a Oportunidades no es restringido se llenaría de tramposos. Pero con todo y lo polarizante que puede ser en México este discurso y aunque a veces tiene tintes raciales o de color de piel, no los tiene con la rigidez con la que se viven las diferencias de raza en Estados Unidos.

Hoy por fin reconocemos que en México hay racismo, y lo vamos viendo en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, la forma y la importancia que las divisiones raciales toman en Estados Unidos es completamente distinta. En Estados Unidos se han construido patrones culturales paralelos a partir de las distinciones raciales, divisiones entre personas y grupos muy estridentes, y también una interpretación moral de estas diferencias. Enfatizo la importancia de la raza en la elección de Trump porque él fue transparente al respecto. Recibió apoyo de grupos nacionalistas blancos, nos caracterizó a los mexicanos como peligrosos criminales, cuestionó la ciudadanía del primer Presidente negro de EU, se quejó de migrantes (no blancos), etc. Sus votantes votaron por él porque hizo esa campaña y a pesar de que hizo esa campaña. Sin embargo, temo que desde la izquierda y sobre todo desde México hay una lectura simplona que tiene que ver con la economía. Como si la desigualdad o la pobreza por sí misma dotaran de sentido el uso político de un chivo expiatorio definido en términos de raza y migración. Sabemos hoy que en los grupos de más bajo ingreso la mayoría no votó por Trump. Según la encuesta de salida del NYT 53% las personas con un ingreso menor a $30,000 dólares votaron por Hillary, y también lo hicieron 51% de las personas con un ingreso de entre $30,000 y $50,000 dólares.

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En EU, la raza y las condiciones económicas están mezcladas. Pero más importante aún, y continuando con el argumento de la polarización, las divisiones de raza están cargadas de significado moral que construye jerarquías entre grupos raciales. Por ejemplo, en un estudio sobre hombres trabajadores no calificados, Michele Lamont encuentra entre trabajadores blancos una descripción de los trabajadores negros como flojos, indisciplinados e irresponsables; y en contraste, para los trabajadores negros los blancos son dominantes, egoístas y tramposos. No importa el trabajo que hagan, ni importa que a grandes rasgos tengan las mismas necesidades, lo importante es que la diferenciación racial incluye una idea de cómo la forma de un grupo racial para enfrentar al mundo es moralmente superior a la del otro grupo.

Obama reconoció desde su campaña del 2008 (en el gran discurso que dio sobre las divisiones raciales) que existían estas divisiones y estereotipos, pero a diferencia de Trump no los usó para movilizar y culpar a unos de las condiciones de otros. No las ignoró tampoco, sino que las enfrentó y las trató de desactivar reconociendo que todos estaban un tanto equivocados aunque también tenían parte de razón. Esto es lo que hace que aunque Obama y Bernie Sanders tengan algo de populistas, el populismo de Donald Trump, el que trata de poner a un grupo social contra el otro aprovechando los estereotipos que ya existen sea más bien un discurso fascista. Temo que la explicación que atribuye mecánicamente el voto por Trump a los efectos del mercado o del neoliberalismo o del libre comercio, exime de responsabilidad a Trump y a su equipo de movilizar y resaltar las divisiones de raza.

Estas divisiones fueron clave en la movilización de la campaña de Trump, las cuales en México nos son relativamente ajenas. Aquí unos creen trabajan mejor que otros, pero no está claro cómo ese prejuicio o juicio puede estar definido cotidianamente por una categoría tan rígida como lo es la raza en EU. Las culpas que nos distribuimos suelen ser las de patrones vs. trabajadores, gobernantes vs. gobernados, quejosos v. no-quejosos, maleantes vs. gente de bien. Las hay también más parecidas a la de EU y los riesgos de empezar a caracterizar a grupos sociales enteros como culpables del malestar de otros está latente en los discursos más estridentes de la derecha en medios. Aún así, no tengo la impresión de que sea un discurso político generalizado, ni siquiera en nuestra derecha.

Por último quiero subrayar dos cosas. Primero, que Trump me parece básicamente un fascista y que debemos estar preparados para las peores cosas que intentan hacer y hacen los fascistas (incluyendo que ahora tiene bombas nucleares). Lo segundo es recordar que no todo Estados Unidos es el Estados Unidos que se movió con Donald Trump. Por el contrario, hoy sabemos que el “voto popular” lo ganó Hillary Clinton, pero el peculiar sistema electoral estadounidense le da la victoria a Trump. Incluso uno puede decir que no hay “revolución” trumpista. Los participación total entre la elección del 2004 y la del 2016 no son muy distintos. Las elecciones del 2008 y 2012 fueron excepcionales, y lo excepcional fue la elección de Obama.

Muchos estadounidenses de todos colores y credos son tan buenos como hay gente buena en todos lados. Otros, ahora queda aún más claro, son prejuiciosos y racistas. Cuando llegué a EU me impresioné cuando supe de un programa que en la ciudad de Nueva York para que niñas y niños de escuelas pobres (la mayoría de ellos negros o latinos) pasen el verano en casa de familias ricas en las afueras de la ciudad (la mayoría blancas). Por lo que me contó una migrante indocumentada mexicana, sus hijos la pasaban fenomenal y hacían grandes migas con los hijos de los anfitriones. Por el otro lado, en un tren de Nueva Jersey a Nueva York, una señora nos gritó a mi esposa y a mi que más nos valiera hablar inglés porque estábamos en Estados Unidos. Después de un pequeño intercambio, concluimos que simplemente estaba loca. Ahora imagino que ella votó con entusiasmo por Trump, y probablemente no lo hizo por loca, sino por haberse convencido en algún momento que estábamos ahí para quitarle su lugar en la fila.

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Apenas creo que me voy dando una idea de cómo reaccionar a la victoria de Donald Trump en las elecciones en Estados Unidos. Me resultó tan inesperado el resultado electoral, que no había pensado mucho en por qué podría suceder y qué significaría para México. Unos días antes del día de la elección me invitaron a ir a al programa de Leo Zuckermann en Foro Tv para discutir el resultado. Todo el tiempo estuve pensando en qué podría decir interesante sobre lo que me parecía una obvia victoria de Hillary Clinton. Sin embargo mientras me preparaba para el programa, recordé a un profesor de Princeton, que el 23 de mayo de este año, me llamó a su oficina y me preguntó “¿Qué está haciendo México ante la muy posible victoria de Donald Trump?”. Le dije que no sabía y que por lo que se leía en la prensa el gobierno mexicano no estaba haciendo mucho. También le dije que creía que en parte eso se debía a que o no ganaría o no haría lo que decía en campaña si es que llegaba al gobierno. Me vio con cara de espanto, como diciéndome “no puede ser que no se den cuenta lo que viene”,  y me explicó por qué el creía que sí ganaría y por qué esa victoria estaría basada justamente en lo que estaba diciendo en campaña y por tanto lo haría. Hace un mes publicó un artículo con los argumento que me dio sobre por qué Trump puede hacer lo que dijo en campaña que quiere hacer. Una buena lectura para quienes o confían en que fue pura retórica de campaña o para quienes creen que las instituciones estadounidenses van a aguantar la embestida de Trump.

Democrats and Republicans More Ideologically Divided than in the Past

El recuerdo de aquella conversación me llevó a releer un reporte que el profesor me había recomendado sobre la polarización política en Estados Unidos (en aquél momento para entender las dificultades de la reforma de salud) unas horas antes de que salieran los primeros resultados electorales. El reporte lo hizo hace un par de años Pew Research, y lo actualizó el año pasado. Lo que muestran las encuestas de Pew y su cambio a través del tiempo es que Estados Unidos se fue polarizando políticamente de forma sustancial en los últimos 20 años, y aún más los último 12 años. La polarización que describe el reporte de Pew tiene dos vertientes. La primera es partidista, y la segunda es generacional y educacional (en la versión actualizada). Esta polarización es realmente sorprendente vista desde México. En México claro que a veces nos distinguimos entre panistas, priistas, perredistas, lopezobradoristas, etc, sin embargo, me cuesta trabajo imaginar que tantos aspectos de la vida estén definidos por nuestra identidad política. En Estados Unidos la polarización es tal, que hasta el tipo de casa en la que le gusta vivir a la gente es distinta dependiendo si son conservadores (casas grandes fuera de la ciudad), que si son liberales (casas más chicas dentro de las ciudades).

También creo que en México a veces perdemos de vista el nivel de polarización política que hay en Estados Unidos porque efectivamente lo que se exporta y acá consumimos en términos de medios y producción cultural suele ser la parte dominada por los liberales estadounidenses. Tanto Hollywood como medios masivos como CNN o el NYT son el tipo de espacios en los que los estadounidenses liberales “consumen” su información, y que a nosotros nos parece muy “americano”. En México se ha vuelto una obviedad que los valores dominantes en EU son antiracistas, liberales, (algo) igualitarios, etc. Pero no lo son del todo, sólo es lo que más vemos acá sobre lo que se produce allá. Si uno ve también las diferencias en el consumo de medios en EU, la polarización empieza a tener sentido. Un número importante de conservadores básicamente reciben toda su información de Fox News y los liberales campechanean más de varios medios.

Main Source of Government and Political News

Ahora está de moda decir que uno de los problemas de la tecnología y la democracia es que las redes sociales como fesibuk y tuiter  se han convertido en cajas de resonancia. Sin embargo de lo poco que se ha estudiado, resulta que es bastante probable que en una red social te topes con información políticamente contraria a la de tus preferencias. Esto se debe, sobre todo en el caso de feisbuk, a que la red que reproduce es de personas con las que nos hemos relacionado en distintos momentos de la vida y con las cuales nuestra opinión a veces diverge. Es decir gente que no escogemos hoy como amigos, sino que escogimos (o no escogimos) hace muchos años. En cambio la gente que vemos más seguido, nuestros amigos, o compañeros de trabajo, suelen ser personas con las que coincidimos y que podemos optar o no platicar.

Esto lo saco a colación porque la polarización política no es una cosa que existe de antemano y después se capitaliza con objetivos políticos. La polarización se construye de muchas maneras. Se construye entre otras cosas porque sirve para movilizar gente. Sin polarización es difícil que los soldados corran para adelante a la hora de los balazos. Lo mismo pasa en política, sin polarización es más difícil que la gente salga a votar. Fox News y el partido Republicano han construido ya largo rato esa polarización. Empezó desde los setenta, pero incrementó a partir de los noventa. Polarizan porque sirve.

Que me enfoque en la polarización política no quiere decir que descarte las explicaciones que se centran en las condiciones económicas de las personas. Una explicación que se está haciendo popular (por obvia) en la izquierda en EU y también en México, es que el voto por Trump es una respuesta a las condiciones económicas. Puede ser. Sin embargo me preocupa que esta explicación oscurece otros dos fenómenos propiamente estadounidenses. El primero es el que ya describí de la polarización política llevada hasta la vida cotidiana, y convertida en una identidad personal.  Y el otro fenómeno que me parece aún más importante es el que tiene que ver con las jerarquías étnicas/raciales en Estados Unidos y cómo están atadas a una idea de quién merece qué y quién no.

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