Hace unos días en el programa de Leo Zuckermann en ForoTv discutimos “¿qué es la unidad nacional?”. Ahí tuve oportunidad de expresar mis dudas sobre lo que significa la “unidad nacional” y su uso en un momento difícil, de crisis o emergencia. Uno de los ejemplos de cómo se está materializando el “llamado a la unidad nacional” es en la convocatoria a la marcha de “Vibra México” el domingo 12 de febrero. Esta marcha fue convocada por varios personajes públicos, organizaciones de la sociedad civil y centros educativos con el objetivo de protestar en contra de Trump y mostrar eso que llaman “unidad nacional”. Lxs convocantes han recibido amplio espacio en medios de comunicación masiva para anunciar la marcha, y muchos periodistas se han sumado a la convocatoria.  En ese sentido es una convocatoria excepcional.

Sorprendentemente la marcha que se convoca en repudio al discurso y política del Presidente de Estados Unidos, incluye en su convocatoria un par de solicitudes a quienes marchen: que participen de forma “respetuosa” , y que lo hagan vestidos de blanco. José Ignacio Lanzagorta ya hizo una interesante crítica de los posibles significados de estas restricciones sugeridas en la convocatoria. A ellas yo sólo agregaría una consideración más, y es que entre más uniformada y más homogénea sea una marcha, es más fácil que su significado sea capturado por quienes tienen mayor capacidad para comunicarlo. Esto puede ser una buena o una mala idea, dependiendo del objetivo y las condiciones en las que se lleva a cabo la marcha.

Hay quienes hacen una crítica a las marchas en general, buscando en cada una de ellas la pancarta o grito más discordante o excéntrico para mostrar que la protesta es un fracaso porque no tiene un significado consolidado. Esta es una crítica común y me parece un tanto boba. Critican las marchas por ser actos de protesta y libertad de expresión con diversidad de expresiones. ¿Esperaban que fueron actos de disciplina regimentada? En respuesta a esa crítica boba, muchas veces las convocatorias piden que la marcha sea en silencio o uniformados de tal manera que el significado dominante sólo sea el que lxs convocantes o quien puede repetirlo más con más alcance, quieran. Por estas razones, en las condiciones políticas que se encuentra nuestro país, entiendo la desconfianza que genera una marcha con un llamado a la homogeneidad de expresiones.

En el caso de la marcha que hoy se discute, parte del problema es que incluye un llamado a la “unidad nacional” pero no reconoce ni las diferentes opiniones y posiciones políticas que existen, ni trata construir un puente entre ellas. Por el contrario, hay quienes como Enrique Krauze, han llamado la renuencia a asistir a la marcha un acto de cobardía, mientras con una analogía a 1847 prepara el argumento para decir que una “derrota” de México será responsabilidad de quienes no apoyaron este llamado específico a la “unidad nacional”.

Temo que muchxs de lxs convocantes no consideraron que al decir que el llamado se hace a la “unidad nacional”, tienen que argumentar algo más que la “unidad nacional” por sí misma. No es suficiente decir: “en este momento la unidad nacional es importante”, para que exista algo así como “unidad nacional”. Como sabemos la desconfianza en temas políticos permea nuestra sociedad, y con razón. En el caso de las protestas y marchas, no es infrecuente leer y escuchar en medios de comunicación suspicacias, franca insidia (i.e. Ricardo Alemán y Pascal Beltrán del Río), y denuncia de las motivaciones de quienes suelen protestar por diversas causas. Ríos de tinta han corrido sobre las imputadas “verdaderas motivaciones” de quienes protestan en contra de nuestros propios gobiernos. Ríos.

Probablemente en vez de fustigar a críticos y renuentes como cobardes, mezquinos y traidores, sería mejor idea aventar un lazo. Eso es lo que hacen los llamados “gobiernos de unidad nacional”, sí piden apoyo a la oposición, pero también reconocen las diferencias al otorgar carteras en el gobierno a esa oposición. En los argumentos de la convocatoria a esta marcha, yo esperaría haber escuchado o leído llamados que empiecen por reconocer la diferencia y las dudas, en vez de suprimirlas o descartarlas.

Se me ocurre que algo así sirva más para “construir [eso que llaman] la unidad nacional”:

Entiendo la desconfianza, entiendo el enojo, entiendo que ustedes creen que este gobierno no tiene los méritos para recibir expresiones públicas de apoyo. Entiendo también la queja de que la solidaridad que hoy se pide para marchar, a veces no ha sido recíproca en temas que son al menos tan importantes. Esas quejas y esa desconfianza sin duda deben llamarnos a la reflexión. Hoy esas diferencias sabemos que existen, y no les pido que las callen ni las supriman. No les pido cambiar de opinión con respecto a ellas. Lo que sí les pido es que en estas circunstancias específicas, frente a este reto mayor, hagamos un frente común en un sólo tema: el repudio a lo que representa Donald Trump.

 

 

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8 septiembre, 2016

El público de Videgaray

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Estos días he leído un sin fin de especulaciones de por qué a Luis Videgaray se le ocurrió invitar (y recibir de inmediato) a Donald Trump a México. La ocurrencia resultó en un error garrafal, y sin duda en una estupidez del Presidente (que al final de cuentas él llevó a cabo).  Sin embargo, el hecho de que haya sido un error del tamaño del que fue, no quiere decir que haya carecido por completo de lógica o sea ininteligible.

En el programa “Si me dicen no vengo”, el ex-Secretario de Hacienda tuvo amplia oportunidad para explicar sus razones (se puede ver aquí). Estas razones no son del todo descabelladas (aunque sí equivocadas) si uno primero le concede un par de premisas:

1) No hay nada más importante para México que el TLCAN, el cual sólo se sostiene por voluntad del Presidente de Estados Unidos;

2) el próximo Presidente de Estados Unidos muy probablemente será Donald Trump, quien había expresado su intención por cancelar el TLCAN.

Señalo estas premisas porque las razones de Videgaray aunque equivocadas, tienen cierta consistencia interna. Aunque insisto: el problema es que las premisas son básicamente descabelladas.

En México y para México hay cosas bastante más importantes que el TLCAN. Sin duda el TLCAN es importante; pero ni la economía mexicana, ni la existencia del gobierno,  ni la vida de las y los mexicanos dependen exclusivamente del TLCAN. Pero más importante aún, pese a que legalmente este pueda desaparecer de un plumazo, justamente la red de intereses que ha tejido hace bastante más difícil que se dé el plumazo incluso si el Presidente de EU resulta ser Trump. Ahora, si Videgaray creía que Trump es incapaz de ver esa red de conexiones e intereses, o que simplemente la ignoraría, entonces no queda claro por qué creería que esa misma persona podría cambiar su voluntad después de una “plática” de una hora.

En el caso de la segunda premisa las cosas son un poco más complicadas. El resultado de la elección no se puede predecir por completo. Lo que sí se puede hacer es tomar decisiones como si las encuestas existieran. No pido que uno confíe ciegamente en las encuestas, pero al menos considere antes de decidir cosas importantes el conjunto de encuestas publicadas así como los modelos estadísticos que frecuentemente se usan para predecir el resultado. Hasta el día de la invitación (y hasta la fecha) el promedio de encuestas no le da la victoria a Trump, y no hay modelo estadístico de los que se publican que se la de. Incluso si sólo se usa el pasado como referencia, es altamente probable que gane quien hoy va arriba en el promedio de las encuestas. En cambio, para argumentar que invitaron a Trump porque va ganando, el presidente del PRI, Enrique Ochoa citó una encuesta (USC/LATimes) que suele ser un dato extremo pues usa una metodología poco común basada en usuarios de internet. ¿Esta encuesta era suficiente para calcular inminente una victoria de Trump al grado de recibirlo en Los Pinos con urgencia? No.

(Aquí podría decir, que esta premisa es una “profecía autocumplida”, y el empujón que Trump recibió en las encuestas recientemente fue justamente por la visita a México. Pero todavía no me atrevo a decir que si no fuera por la visita a México hubiera seguido bajando en las encuestas–los problemas de identificar las “profecías autocumplidas”).

Estas dos premisas son extremas para (casi) cualquiera. Son un salto de fe gigante, que llevaron al gobierno federal a actuar como Kent Brockman en Los Simpsons. Una imagen de una hormiga en una nave espacial le hace creer que la hormiga es un extraterrestre gigante; asume que estas hormigas gigantes dominarán a los humanos; pone una pancarta aclamando a las hormigas.

Las razones que derivaron de las premisas anteriores son menos extremas… una vez que las tomas por ciertas. Si crees que es casi inevitable que Trump sea Presidente y que él solito va a decidir si cancela el TLCAN, entonces tal vez puedes justificar que había que empezar algún diálogo con él e incluso mostrar que tú estás abierto al diálogo mientras que el otro no lo está. (Aclamar a las hormigas podrá ser indigno pero no es descabellado si estás convencido que van a conquistar el mundo).

La pregunta que sigue, es ¿por qué si Videgaray tiene fama de listo tomó por ciertas premisas tan descabelladas? La respuesta que tengo para esto tiene que ver un poco con mi breve experiencia política. Cuando uno ve de cerca a políticos tomando decisiones, lo que ve es que cuando deciden algo siempre tienen un “público” en mente. No EL público, no el Pueblo, sino un público. Este público es al que imaginan apoyándolos o reprochándolos. A grupos de personas que saben o imaginan lo sancionarán moral y políticamente por cómo actúan en público. Un político aguanta decisiones que parecen impopulares siempre y cuando en su mente el público que imagina como su público esté de acuerdo con ellas.

Videgaray dijo en el programa de televisión que ya mencioné, que para evaluar la invitación de Trump no importaba la (im)popularidad de la decisión ni del Presidente, ni tampoco las consecuencias políticas. Sí, Videgaray básicamente dijo que los errores políticos no existen, porque los cálculos políticos no existen, por que las consecuencias políticas son irrelevantes cuando se toman “decisiones de Estado”. No ofreció un criterio para medir si una “decisión de Estado” es buena o mala, sino que por serlo debemos de asumir que aunque no nos guste, nos lastime, incluso aunque creamos que no nos conviene, es buena. Una joya del discurso anti-político, por cierto.

Aquí es donde creo que está la nuez del asunto. Videgaray tiene la cara para decir en televisión que las consecuencias para las y los mexicanos de sus decisiones son irrelevantes porque su público es mucho más chiquito que este país. El público que una y otra vez, Videgaray y este gobierno, nos quisieron decir que les importaba es el de la revista The Economist, y los periódicos Wall Street Journal y Financial Times. Sólo esos medios y sus lectores pueden entender la profundidad y seriedad de las decisiones de Videgaray. Sólo esos medios necesitan explicaciones. Los medios mexicanos no necesitan nada más que boletines y conferencias de prensa sin preguntas. Las y los mexicanos no entenderemos hasta dentro de unos años cuánto se hizo por nuestro propio bien sin que nos diéramos cuenta. Eso es lo que Videgaray y el gobierno no has querido transmitir los últimos cuatro años.

El error por tanto se lo atribuyo no a que Videgaray sea inteligente o no (me parece irrelevante), sino a que su público era tan chiquito, y a la vez tan lejano a él, que no lo midió bien. Creyó que algunas notas sobre la incertidumbre económica que genera Trump es lo único que tenía que resolver. A estas notas contestó asumiendo unas premisas descabelladas que sin un público que se las rebatiera lo hicieron irse de boca

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