A veces mi optimismo raya en el mal gusto. Pero no lo puedo negar por momentos las crisis, por horribles que sean, las veo con sentido de oportunidad. Me es inevitable pensar que si frente a la epidemia de influenza los gobiernos en México hacen un buen trabajo entonces será un inesperado motor para la reconstrucción del Estado.

Ayer cuando leí que el IMSS recibiría a todos los pacientes, afiliados o no, pensé que tal vez es la oportunidad para dejarlo así, acabar con nuestro estratificado sistema de salud. Leí hoy que en la Ciudad de México de ser necesario habría un "plan B", no sé cual sea, pero si fuese necesario espero que demuestra que el Estado, cuando nos abocamos a ello, puede ser un instrumento social de bien y no sólo el armatoste al que nos hemos acostumbrado. Me lo imagino como un efectivo sistema que construye una sociedad para protegerse exactamente de lo que está pasando, de la incertidumbre que genera los temores y dolores más básicos. También pienso que en una crisis de salud veremos otra vez actos solidarios, tendremos admiración por quienes de manera sincera corren riesgos propios para reducir los del prójimo. Me imagino que días, meses, después de la crisis, hayan todavía más niñas y niños que quieran ser médicos, que quieran hacer una vida de intervenir en el mundo para que el mundo sea un poquito menos doloroso para todos. No lo niego, veo que con gusto la extensión y uso inteligente de nuevos medios de comunicación. Hace unas semanas pensaba que las redes de teléfonos celulares realmente serían puestas a prueba frente a una crisis, frente a la necesidad  irremediable para comunicarse de golpe y de manera masiva e individual para cambiar algo en nuestro comportamiento. Hace apenas unas semanas empecé a usar Twitter, hoy veo cada vez a más gente usándolo, veo más información fluyendo, veo a los periódicos del país montando nueva infraestructura (con posible consecuencias aún imaginables) para comunicar y recibir información de mejor manera.

Lo que mantiene mi tal vez iluso optimismo es aquello que se conoce como el principio de la mano que se esconde. La creatividad nos toma por sorpresa, no podemos invocarla a voluntad, ni hacerla parte de un plan. La creatividad surge del momento en que nos encontramos con las restricciones y las oportunidades de un contexto que no podíamos prever. Es con esa creatividad con la que logramos y podemos lograr grandes cosas. Cuando reconocemos límites, pero no para detenernos, sino para seguir. Creo que en este caso esa creatividad podrá cruzar por esta crisis como evidencia de que tenemos que preocuparnos por lo público, por lo compartido, por aquello que acabe con el egoísmo como justificación de la estupidez.