Este artículo me lo publicaron hoy en El Universal. Lo escribí hace varios días, y lo mandé. Creo que estaba de muy mal humor…

Si el objetivo de una reforma política es cambiar la relación entre la sociedad y sus gobiernos, se tiene que pensar en cómo acercar las discusiones y conflictos políticos a la vida cotidiana de las personas. Para ello, las reformas instituicionales no pueden ser sobre cómo deciden y se disputan el poder quienes están en el centro del país, sino cómo podemos hacer que el poder político (y del Estado) esté presente y sea accesible en todo el país. Mientras las decisiones públicas estén lejos de la vida de las personas, es imposible pedirles que las asuman como propias simplemente con la amenaza de la fuerza.


Por esta última razón toda reforma que no plantee hacer cambios a la influencia desmedida en las decisiones públicas de quienes tienen poder en el centro del país es una reforma que o defiende el statu quo o pretende regresarnos al statu quo previo a 1997. Esa es la disyuntiva real que están planteando: o la pesadilla de hoy, o la pesadilla de hace 15 años.

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