Confieso que me molesta el desfile que organizó el gobierno de la ciudad de México para el día de muertos. Mi molestia no puede ser consistentemente una molestia por la “invención de una tradición“. Efectivamente toda tradición se inventa en algún momento, y las fuentes de origen son tan diversas como inexplicables. Tampoco me molesta del todo la “nacionalización” y “estatalización” del Día de Muertos. Al revés me gusta pensar en cómo las cosas que se vuelven parte de la identidad nacional, se construyen a partir de oportunidades y arreglos políticos difícil de predecir; y que vistos a detalle muestran el misterio de cómo los intereses y disputas más pequeñas se vuelven fenómenos colectivos gigantescos. Nada de eso me molesta mucho. Entiendo que siempre es tiempo de híbridos y lo puedo cantar sin el tono de queja.

Entiendo también, como ya me ha dicho alguien, que parece que en México siempre quisimos pintarnos de Catrinas pero a penas hace un par de años lo descubrimos. Cuando era niño me hacía ruido Halloween y en mi casa me enseñaron que era una tradición gringa que no teníamos por qué copiar. Eso que me ensañaron me hizo pensar muchos años que estábamos destinados a ser abrumados por el TLCAN acompañado de Halloween y que el Día de Muertos desaparecería o al menos se difuminaría. Nunca me dejaron salir “a pedir Halloween”, y  después cada octubre me enojaba ver a niñxs haciéndolo con una calabacita de plástico en la mano. Sin embargo, jamás imaginé que la respuesta a la presión cultural del Halloween podría ser una celebración suficientemente parecida, pero a la vez diferente. Sí se va nacionalizando el Día de Muertos, sí se va comercializando, sí ya no es sólo pan y altares, sí ahora incluye disfraces y caras pintadas, pero también incluye menos (y tal vez excluye) momias, brujas, arañas, monstruos, y calabazas que Halloween.

Lo que me molesta son dos cosas. La primera es la falta de imaginación de nuestros gobernantes; y la segunda, vinculada a la primera, es cómo esta falta de imaginación tiene como origen el desprecio por sus gobernados. Hace unos días Mancera explicó que el desfile lo organizaron porque salió en la película de James Bond; que claro que no se les había ocurrido en su gobierno. Ahora, viendo el éxito que fue, las miles y miles de personas que fueron al centro de la ciudad a verlo, lo que encuentro molesto es que no se les había ocurrido antes hacer algo equiparable. El desfile resultó ser un bien público que a la primera demostró tener altísima demanda. Eso pasa en nuestra ciudad con casi todo bien público. Cada concierto, cada exposición, cada espacio público bien hecho se atasca. Pero hacen pocos, y cuando los hacen no los hacen porque hay una demanda local para que haya más conciertos, más exposiciones, más espacios públicos, sino porque “es que lo vimos en le película de James  Bond”. Es un poco lo de siempre, es el gobierno de Mancera presentando la barbaridad del “Corredor Cultural Chapultepec” porque sería como el “Highline de Nueva York”, o “las Ramblas de Barcelona”. Nunca, nunca argumentan: “porque vimos que la gente de ahí eso quería, o pensamos que ese problema se podía resolver así considerando a quienes ahí viven y sus ideas”. No. Es como si, su rendición de cuentas, su público interesado fueran primordialmente turistas y publicaciones para turistas. Es la lógica Chava Iglesias en Club de Cuervos, “es que aquí no hay glamour…no tenemos un David Beckham”. Es decir, una y otra vez muestran que su imaginación sale poco de lo que rodea a la gente que vive esta ciudad, y más bien sale de la preocupación porque este lugar deje de ser lo que ha resultado ser para por fin ser como otros lugares. En este caso tal vez no resulte tan mal, como otras iniciativas del gobierno de Mancera, y el desfile tendrá mejor destino que Quetzalcóatl repartiendo regalos de Navidad.