Tardé como ocho años en por fin sentarme a leer “Anatomía de un instante” de Javier Cercas. Sé que fueron alrededor de ocho años porque recuerdo cuándo salió el libro: es el típico libro que entre las élites en México prendió como reguero de pólvora. Y es un libro que sin duda alguna merece prender como reguero de pólvora no sólo entre las élites. Lo levanté y no lo pude soltar hasta 24 horas después al acabarlo. Es un gran ensayo político. Bien escrito, intrigante, sugerente. Me recordó mucho a otro gran ensayo político, de Paul Berman, que cuando leí también me dejó impresionado.

El ensayo de Cercas prendió como reguero de pólvora entra las élites mexicanas porque describe escenas, personajes y conclusiones que, cuando estaba más cerca de la vida política/partidista, escuché citar con ilusión y admiración desmedida. Tuve la mala suerte de oír a sinfín de polític@s profesionales hablar de los “Pactos de la Moncloa”, de Adolfo Suárez, de Santiago Carrillo y de Felipe González con fantasiosa obsesión y vanidosos intentos de emulación.

Supongo que toda esa admiración, fantasía y vanidad fue exacerbada al leer el ensayo de Cercas. Por suerte ya no estuve muy cerca de la vida política/partidista cuando salió el libro. Vi la pólvora prendida entre opinador@s que no podían estar más entusiasmados con el libro. Much@s por las mismas razones que l@s polític@s profesionales con los que conviví, y otr@s simplemente por lo bueno que es el libro.

Como en casi todo ensayo político, en el de Cercas no falta la referencia a Marx. “La historia ocurre dos veces: la primera vez como tragedia y la segunda como farsa”, ha de ser la frase de Marx más citada, porque citarla no te compromete como marxista. Y justo porque es tan citada suelo ser indiferente al leerla. Sin embargo, en esta ocasión me hizo pensar en otra cosa.  Me hizo pensar en cómo es usada para hablar de una forma de supervivencia de pasado en el presente; es decir, como una argumento sobre la temporalidad de los fenómenos políticos, pero no dice nada sobre la dimensión espacial de las tragedias y las farsas.

Por dimensión espacial quiero decir que vale la pena considerar una forma de pensar en la degradación de la repetición de la tragedia a la farsa, no sólo a través del tiempo– como hace Marx–sino también geográficamente. En este caso, la tragedia sería la actitud heroica de Adolfo Suárez en el golpe de Estado de 1981 y el fin de su carrera; los intentos de emulación de lo que hizo Suárez (y de la transición española en general) en México, la farsa. Una mala adaptación de la frase de Marx que sugiera la incorporación de una componente espacial podría ser: “La historia ocurre en dos lugares: en uno como tragedia, en el otro como farsa”.

No fue una coincidencia que Manuel Camacho  le pusiera a su partido político “Partido del Centro Democrático” como en España Suárez le pusiera al suyo “Unión del Centro Democrático”. Camacho quería ser el gran reformista del PRI, y al no ser el artífice de la transición, se conformó evocar el papel de Suárez imitando el nombre de su partido. Tampoco es coincidencia que justo antes de la elección del 2006 varios empresarios y políticos llamaran a firmar el “Pacto de Chapultepec”, tratando de emular los que en España se llamaran “Pactos de la Moncloa”. Y tampoco que en 2007 Manlio Fabio Beltrones en el Senado promoviera una (inútil) “Ley para la Reforma del Estado”, una reminiscencia a la “Ley para la Reforma Política” española de 1977.

Veo la degradación de la tragedia en farsa en términos espaciales como una expresión de la condición poscolonial de México. Del fantasioso y persistente interés de nuestras élites gobernantes de ser como son las élites de otro países del mundo, no “atrasados” como el nuestro. Un interés que convierte a la tragedia en farsa porque son repeticiones que tienen como motivación primordial la vanidad idealista de quienes las promueven y no la  resolución pragmática de problemas públicos que siempre tienen un componente trágico.