La reactivación de la actividad política de las iglesias, y el uso electoral por parte de partidos y candidatos de la religiosidad hace que valga la pena reflexionar sobre cuál es el papel de la religión en la vida pública y política de un país. Simpatizo con la idea del Estado laico, y entiendo los argumentos para mantenerlo y defenderlo. Sin embargo, esa defensa no resuelve en sí cuál debe ser la forma de lidiar con la religiosidad de las personas en la actividad política.

En un ensayo de Carlos Pereyra, La perspectiva socialista en México hay una breve reflexión sobre el tema. Creo que no se puede echar en saco roto, lo que pide que no echemos en saco roto.

…resulta inconcebible la hegemonía socialista sin resolver el problema de la inserción que tendrán las creencias religiosas en la lucha por el socialismo.

No se trata solo de defender los derechos políticos de quienes se dedican al ministerio religioso, o de rechazar la presencia institucional de la Iglesia en la educación, sino de combatir la idea falsa de que religiosidad popular y socialismo son excluyentes. Está muy lejos de haber quedado resuelta la disputa en el interior de las comunidades religiosas entre una jerarquía cada vez más empecinada en sus posiciones conservadoras y reaccionarias, y una corriente que percibe la religiosidad como una dimensión que impone el compromiso con las luchas del bloque social dominado. La experiencia centroamericana y el papel allí desempeñado por tendencias identificadas con una Iglesia popular no deben echarse en saco roto.